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Nostalgia

La tarde se enrosca sobre sí misma, fría y calimosa, y la ciudad se disfraza de Dakar bajo la ventanía desapacible. Me enredo el bin-bin a la cintura, musito tu nombre. La acera cruje bajo mis pies, con el rumor de mil caracolas trituradas, mecidas por la marea.

Ruptura

La vida se me desbarató una tarde desapacible de agosto, a la sombra de un viejo mango.

“Si se acabó, no pasa nada… La vida sigue”, me rugió por teléfono tras anunciarme, terminal, que me abandonaba.

Canté para mí seis años juntos, un cáncer sobrellevado a medias, un hijo en común. Me vendó los ojos la imagen de su nuevo amor, entrevisto por casualidad al rastrear sus correos cuando la sospecha mutó en perro que me mordía el oído.

Cayeron mangos verdes y agua de lluvia.

Canté para mí sus 20 febreros en un bikini atigrado, su piel oscura de turmalina.

Señal

Había escrito cien veces: te quiero.

Al principio, intentó controlarse. Mandar su mensaje sms una vez al día, al anochecer, cuando tendrían que haber estado juntos, cenando bajo la bombilla titubeante del porche mientras escuchaban los ruidos de la selva mezclados con los boleros y los chasquidos de la radio del vecino.

Pero la añoranza le venció al tercer día: sin saber cómo, se encontró tecleando la misma frase obsesivamente, solo y desamparado.

La lluvia caía con furia, como siempre que llegaba mayo a Chibok. Y él sabía que a ella le asustaban especialmente las tormentas de primavera.

Amor a distancia

Había escrito cien veces: Te quiero.

En el pasaporte no quedaba hueco para visados. Todas las páginas estaban ocupadas con su escritura, a veces exultante y otras tímida, en rojo o azul o verde, trufada de corazones desinflados y flores tropicales.

Sus manos negras temblaban cuando lo metió en un sobre de esos antiguos, que huelen a viaje transatlántico, y escribió su dirección en el Norte y su nombre: Sara.

Lo franqueó en Correos a mediodía, bajo un harmatán ardiente.

Sabía que ese viaje era el único que le estaba permitido.

Relación a distancia

Había escrito cien veces: te quiero. Con bordes de callao y púas rotas de erizos, en la superficie nacarada de otras tantas conchas diminutas.

Después reventó la caja de madera que la acompañaba en su naufragio. Vació la primera botella en tres sorbos apurados y sustituyó la dulce malvasía por un goteo de marisco caligrafiado.

La corriente lamía las dos islas, separadas apenas por un arrecife traicionero.

Esperó a que el otro superviviente del siniestro se asomara a su punta de la playa en la isla vecina. Se dibujaba pigmeo contra un fondo de mangles, cargando su propia caja de madera.

Retorno

Me apetece volver… Quitar la foto de Marc, vender sus regalos, vaciar casa y corazón de viejos recuerdos y rabias enquistadas y volver…

.

Vivimos el resto de nuestras vidas con el convencimiento absoluto de que, si seguimos las baldosas de piedra de la certidumbre, habrá algo deliberado que hará encajar cada cosa en su lugar.

Algún día escribiré sobre África, Binyavanga Wainaina

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Revista cultural online creada por Manuel Cuéllar. Desde el 12/12/2012.

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