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Alumbramiento

El desconcertante resultado del primer análisis llegó una semana después del pinchazo en mi brazo izquierdo.

- Aquí pone hombre, 38 años – señalé al médico de cabecera.

Él era un tipo adusto, de dedos finos y amarillentos por obra y gracia de la nicotina, con ojos tristones.

-¿Y?

Le fulminé con la mirada, a punto de derramarme en improperios contra la incompetencia de la sanidad pública.

-Que soy mujer y tengo 27 años y un retraso de dos semanas -farfullé.

Él me miró, dudoso, antes de tomar el papel que le tendía y tachar con un latigazo de tinta azul los datos incorrectos. Luego apuntó otros con su caligrafía incomprensible en una esquina del documento.

Ya entonces debí suponer lo que vendría después.

Sin embargo, me tomaron por sorpresa los sucesivos análisis que revelaban los datos de un sujeto de otro sexo y once años mayor que yo.

Las semanas volaron.

Ninguna ecografía captó jamás una chispita de vida en mi interior. Mi tripa no creció ni duplicó mi masa corporal la retención de líquidos. Los antojos no me enturbiaron los sueños ni las náuseas los despertares.

Sin embargo, una oleada de vello rojizo invadió mis mejillas y se extendió, incontinente, por mi espalda hasta alcanzar los tobillos, al tiempo que mi voz se volvía más grave, más sólida.

Lo peor llegó al cabo de nueve meses justos.

Precisamente la mañana de mayo en que aquel sexo ridículamente encapuchado, como un salteador de caminos en Sherwood, se asomó entre mi vello púbico, cual burlón símbolo de exclamación hecho carne.

Transgénico

El girasol se viró hacia su compañero de fila y le observó durante un breve instante.

- Creo que no estamos solos en la pradera – le espetó, con aire misterioso.

Su colega ni se inmutó: no se movió un sólo pico de la corona de oro que bordeaba el botón de su cara.

El primer girasol tembló, como recorrido por un escalofrío. Bajó la voz, que ahora tenía un pequeño filo nervioso.

- Te digo que no estamos solos – repitió.

El segundo girasol cerró los ojos, cegado por la luminosidad del cielo. La brisa traía un zumbido de miles de insectos, que casi hacía vibrar la tierra roturada, listada y cubierta con una marea amarilla. Todos los girasoles de la parcela levantaban sus cabecitas doradas hacia el astro rey, sumidos en un silencio extasiado.

- Lo descubrí por casualidad el otro día. Escuché voces – avanzó el girasol parlanchín.

El segundo meneó sus hojas suavemente, gesto que el otro interpretó como de ánimo.

- No son como nosotros- continuó- Y hablan todos exactamente igual: es imposible distinguir a uno de otro. Tampoco creo que se les pueda diferenciar a simple vista. Son copias de un mismo modelo.

El segundo girasol observó de reojo la valla metálica que les separaba de la siguiente parcela de girasoles.

- Creo que planean invadirnos -apuntaba en aquel momento su vecino, casi al borde de la histeria.

El girasol callado dejó caer un reguero de semillas, como goterones de miel, en la tierra. Al otro lado de la valla, un congénere exactamente igual que él imitó su gesto en perfecta sincronía.

Haiku

El viejo sapo se concentra en su haiku, con un murmullo de hojas flotando sobre sus saltones ojazos. La vida, excepto por ese rumor, es un plácido silencio.

 

El árbol parece un punto rubio, diminuto desde el espacio. Encara la ladera despejada, aspirando el olor a hierba fresca, a caléndula, a ganado que ramonea tras la loma y a charcas infestadas de musgo y libélulas de colores metálicos.

 

“Me dejaron solo en esta esquina de lo que antes era un bosque y hoy es una pradera vacía”, se queja el susurro de hojas color caramelo.

 

El sapo también se queja para sí. Es tan viejo que no puede atrapar a los mosquitos que son ahora los reyes del llano, desnudo a golpe de hacha y aliento de fuego provocado.

 

“Neblina antigua
muta en arpillera
que nos distancia”, croa el verde bardo sobre su piedra, sin despegar la mirada del leñador que remonta la loma con la sierra posada en el hombro.

 

Como si la conociera de toda la vida, él la deslumbró con una sola palabra cargadita de posibilidades: semántica.

Nadie le preparó para un cuento así.

Para que Cenicienta roncara ni para un enanito proxeneta.

Salida del armario

Él, lleno de ardor y desprecio, pensaba en el final.

Después de todo, estaba allí para hundirse en las cascadas de purpurina de su escote, para deslizar los dedos en los huecos de sus medias de red. Su vida adquiría un sentido con el simple acto de percibir los cambios en el frufrú de sus volantes.

Recordó que ella le decepcionó desde el primer momento: que encontraba consuelo en otros brazos más fuertes, que  le volvió loco de celos entre brincos desmadejados.

Un buen día se calmó, porque había tomado una decisión definitiva: reventaría, de manera inapelable, el número de su comparsa. Esa noche, él sería la reina.

Prioridades

No le costó elegir.

Un viento gélido entraba por la ventana y pellizcaba sus mejillas, mientras el olor a tierra mojada se le colaba por la nariz. La lluvia interpretaba una melodía sutil, a la que ponían el contrapunto goterones barítonos y gotitas soprano, al tiempo que se estrellaba mansamente contra la ventana.

Se había preparado un café muy cargado y a su vera descansaba, leído a medias, un libro de Calixthe Beyala.  Así que canceló la cita con el amante que abandonaba la ciudad sin remordimientos.

Casandra

No se me habría ocurrido jamás matar a Damián, pero sentí el aliento de fuego de Viracocha arañando mi oído y tuve la certeza de que había llegado el momento de la venganza.

Miré a mis espaldas durante un segundo de duda y creí vislubrar a lo lejos la Puerta de Espuma, flotando en un ocaso sangriento. La visión logró que casi me olvidara de Damián, enquistado en la tapia, en un equilibrio precario, de puntillas sobre una temblona escala de taburetes de bar.

Siempre le perdieron los derbis, aunque se disputaran con balones de trapo. También fue siempre tacaño, incapaz de gastar medio sol en una triste entrada de fútbol.

Sin remordimientos, empujé el primer taburete hasta hacerle perder pie y aceché el breve vuelo que dio con su cráneo en la tierra quemada.  Cayó a mi lado, quebrándose el cuello con una piedra, así que apunté a su frente mezquina y allí le clavé un salivazo.

Sabía que nadie le echaría de menos: era un mal pastor, distraído, cicatero y con memoria de chinchilla. Además, jamás debió conducirme a su choza, pretextando lo glacial de las noches de julio.

Soporté sus embates con mirada estólida durante semanas, pero en la oscuridad apuntalé los cimientos de un rencor sordo contra él; contra su mirada sucia, huidiza; contra su aliento cargado de pisco. 

Antes de poner rumbo a la puna, le clavé la pezuña en el pecho.

La tierra se bebía a sorbos cortos su mala sangre y el aliento de Viracocha me enrabietó la lana de los flancos. Era una ventisca que cargaba palabras viejas desde el Inti, que me arrebató lejos del cadáver de Damián y de las otras llamas.

Me enerva la costumbre que tiene mi vecina, de salir puntual y mecánicamente al jardín todas las tardes de verano, exactamente a las seis, bajo la caricia indolente de la calima y el rumor marítimo de las hojas de olivo.

Extiende una fina manta en mitad del parterre de geranios y extrae de una bolsa una merienda desconcertante que me llega en retazos de olores extraños y hasta creo que de sabores que se me antojan lejanos y de caracteres que no comprendo, impresos sobre paquetes y latas.

- Maldita extranjera, que no puede adaptarse a nuestras costumbres. Es la hora de la siesta -chirrio tras las persianas.

- Deja a la sueca -me dice siempre mi marido, antes de unir animosidad y lástima en otra frase- Veinte años aquí y sigue amarrada al arenque y la ginebra.

Emigro a Sevilla en domingo, a ejercer casi de observadora en un taller para periodistas que trabajan con la inmigración. De paso y como son cuatro días a tiro de tenique de la Giralda, intentaré patearme esas calles llenitas de olor a Guadalquivir y leer mucho en cafés y bochinches varios, a ser posible a la orilla de un fino.

Estaré desconectada: ni el endiablado feisbuc, ni blog, ni flickr.

Un descanso a medias, porque sí que sacaré fotos y escribiré algo en mi moleskine, espero, que los aeropuertos, hoteles y aviones tienen un no sé qué de inspirador, de burbuja fuera del transcurrir normal del tiempo. Además, me llevo varios libros y la añoranza de Marc puestos.

Besito a todos, mientras la vecina sicópata de enfrente combina el esperrío a su hermano y el fandango interpretado con botellas de agua vacía, justo a las siete de la mañana. Ya despertaron los topillos de arriba, sordos y casi ciegos ambos, pero con una capacidad para el arrastre de muebles, el martilleo en la pared traspasada la media noche y otras mil formas de acoso acústico que ya quisieran para sí los torturadores de Guantánamo.

Y nos vemos en la presentación de Manuel Pimentel en Casa África, el jueves, a las 20.00 horas, si los pilotos y las circunstancias así lo quieren.

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