Agosto 26, 2009 de Ángeles Jurado
Mala noche: Miguel cocea y caracolea por las esquinas de mi tripa, lanza un cabezazo a lo Messi sobre el ombligo, protesta cuando la burbuja que habita se deforma contra el colchón, creo que hasta refunfuña en francés, como su padre cuando avista los deportes de la Cuatro o la Sexta, airado en su bolsa de líquido amniótico.
Es bueno que se mueva, me digo: viviría en estado de pánico si no lo hiciera. Pero quedan dos meses por delante y ya imagino, en un octubre templado a la solana, su manita reflexiva asomándose por mi ombligo para exigirme un libro de Gerald Durrell o una jícara de chocolate ritter o nestlé que echarse al buche.
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Agosto 19, 2009 de Ángeles Jurado
El Avatareño me censura el que mi agenda adelgace (como secopalo, que diría mi abuela) al tiempo que mi circunferencia se expande. Cierto hasta valga la redundancia el punto, clamo, mientras hago rotar mis hombros para relajarme y practico la respiración superficial y acelerada apropiada para las contracciones.
Si sigo leyendo fotocopias sobre diarrea infantil y cáncer de mama, practicando ejercicios de suelo pélvico mientras sigo Numb3rs, con clases de preparación al parto y visitas a la matrona, trasluchando en la piscina dos días por semana, esforzándome en el control de esfínter y buscando roperos infantiles por medio Sureste, a Estivill y Kegel pongo por testigos de que no llego viva (ni cuerda) al parto.
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Agosto 19, 2009 de Ángeles Jurado
Todo fumador debería portar un ecolocalizador que le permitiera detectar la presencia de una mujer embarazada a una distancia mínima de unos 3 kilómetros y que le impeliera, de manera taxativa, a apagarse el cigarro en el propio globo ocular, si fuera necesario y a falta de cenicero en las cercanías.
Por desgracia, suele suceder lo contrario: todo fumador porta un ecolocalizador que detecta la susodicha presencia cuando restan apenas 60 segundos para la colisión con ella y aprovecha ese minutito para enceder el pitillo y/o fumarlo con fruición, a fin de poder enviar una hermosa nube de humo tóxico a la cara de la preñada en cuestión en cuanto se roza con ella.
Maldita ley de Murphy.
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Julio 23, 2009 de Ángeles Jurado
Hoy me levanté pesada y con la espalda dolorida, además de enchumbada en mis propios fluidos con este solajero cruel.
Sin embargo, también me levanté feliz por el reencuentro con un placer que refresca más que remojarse las corvas en la Playa Chica, como es meterse en un libro y desafiar a los mosquitos, el sueño casi enfermizo, la retención de líquidos y otros males y conjunciones planetarias que le acechan a una en el salón de casa.
Así que agradezco a Nenito que me regalara Persépolis, de Marjane Satrapi, en mi 37º cumpleaños. También agradezco a Alexis Ravelo, Antonio Lozano y, sobre todo, Dobrina Gospodinoff, la recomendación de Andrea Camilleri y su inspector Montalbano. Agradezco a Antonio Bordón que sepa cómo fascinarla a una con un encadenamiento elegante y limpio de palabras, mientras pide que nos carguemos a Borges.
También alabo a un poder supremo no divino por el regreso de Silvia desde el Norte y la inminencia de las vacaciones. Y, sobre todo, porque me quedan Murakami, McCall Smith, Evelyn Waugh y mucho más por devorar en las estanterías … esos artilugios que volarán a la casa de los abuelos de Miguel para hacerle sitio a mi león chico, junto con un cargamento de libros y de recuerdos que no caben en mi vida actual si hay que hacerle sitio a un nuevo roomie.
pd. Esther y Fran, el artista antes conocido como el Hombre dice que les debemos una comida en casa y agradecimiento eterno por vehículo motor, visitas en el hospital y miles de favores y alegrías. Estoy de acuerdo con él. Y de vacaciones, me repito, la semana que viene. Hablamos …
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Julio 16, 2009 de Ángeles Jurado
Un tercer ojo me crece en el vientre, estupefacto. Por él, Miguel podría mirar al exterior, si sus ojitos funcionaran correctamente y mi piel fuera más fina, casi traslúcida.
En el tendedero, trabado a una liña con sus tirantes, se regodea bajo el solajero mi bañador premamá nuevo. Ése que me convierte en una enorme boya de color turquesa, flotando torpemente en las aguas revueltas de la piscina de Las Rehoyas. Los pechos, cada vez más díscolos (y grandes), pugnan por salirse del escote demasiado abierto. El simpático monitor nos fustiga, exigiendo largos de crol y espalda dignos de un Phelps para arriba.
Hoy quisiera visitar el CAAM, anegado por la marea migratoria de elojodearena, pero dudo que sea persona después de una sesión de matronatación de esta tarde. También quiero terminarme el sórdido, duro, repugnante a veces a la par que adictivo y desasosegante Déjame entrar. Aunque me esté poniendo mala cuando lo cato y me enturbie los sueños.
Después te prometo, Miguel, que sólo veremos comedias y leeremos cosas alegres y ligeras. No más contagios.
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Julio 13, 2009 de Ángeles Jurado
Hoy me siento más yo y mi circunstancia, Miguel, que nunca.
Fuera, panza de burro. Dentro, cataratas de sudor bajo el blusón a lo Demis Roussos y ganas de salmorejo y deseos de sentirle rebullir dentro, como un perenquén sabedor y travieso, y jilorio de Marc.
Con más tiempo y tranquilidad, escribo una disculpa y explicación pública por el abandono. Mientras, me inquieto con Déjame entrar, una recomendación de Alberto. De nuevo, Suecia, con un fondo de suburbio desangelado y frío, pedofilia, vampirismo, alcoholismo, fracaso y acoso escolar. En la nuca, se me eriza el vello mientras Eli ataca a su primera víctima, justo debajo de un puente.
De momento, recomiendo. Igual que recomiendo la presentación de Esperanza Suárez en el Club de Prensa Canaria, esta tarde, a las 20.30 horas. Y la Playa Chica para madrugar un sábado, con Diego saltando entre las olas como un sirenito mareado. Y el embarazo sin verano de por medio.
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Julio 6, 2009 de Ángeles Jurado
Leo lo último de Stieg Larsson y me acaricio la dulcemente abombada tripa, donde crece una promesa. Mientras, Marc pasa por todos los controles policiales de la isla, con su L en el cristal posterior y Alpha Blondy en el estereo MediaMarkt.
Espero que estas breves líneas sean el comienzo de un regreso. Besito a todo el ciberespacio.
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Marzo 25, 2009 de Ángeles Jurado
El desconcertante resultado del primer análisis llegó una semana después del pinchazo en mi brazo izquierdo.
- Aquí pone hombre, 38 años – señalé al médico de cabecera.
Él era un tipo adusto, de dedos finos y amarillentos por obra y gracia de la nicotina, con ojos tristones.
-¿Y?
Le fulminé con la mirada, a punto de derramarme en improperios contra la incompetencia de la sanidad pública.
-Que soy mujer y tengo 27 años y un retraso de dos semanas -farfullé.
Él me miró, dudoso, antes de tomar el papel que le tendía y tachar con un latigazo de tinta azul los datos incorrectos. Luego apuntó otros con su caligrafía incomprensible en una esquina del documento.
Ya entonces debí suponer lo que vendría después.
Sin embargo, me tomaron por sorpresa los sucesivos análisis que revelaban los datos de un sujeto de otro sexo y once años mayor que yo.
Las semanas volaron.
Ninguna ecografía captó jamás una chispita de vida en mi interior. Mi tripa no creció ni duplicó mi masa corporal la retención de líquidos. Los antojos no me enturbiaron los sueños ni las náuseas los despertares.
Sin embargo, una oleada de vello rojizo invadió mis mejillas y se extendió, incontinente, por mi espalda hasta alcanzar los tobillos, al tiempo que mi voz se volvía más grave, más sólida.
Lo peor llegó al cabo de nueve meses justos.
Precisamente la mañana de mayo en que aquel sexo ridículamente encapuchado, como un salteador de caminos en Sherwood, se asomó entre mi vello púbico, cual burlón símbolo de exclamación hecho carne.
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Marzo 24, 2009 de Ángeles Jurado
El girasol se viró hacia su compañero de fila y le observó durante un breve instante.
- Creo que no estamos solos en la pradera – le espetó, con aire misterioso.
Su colega ni se inmutó: no se movió un sólo pico de la corona de oro que bordeaba el botón de su cara.
El primer girasol tembló, como recorrido por un escalofrío. Bajó la voz, que ahora tenía un pequeño filo nervioso.
- Te digo que no estamos solos – repitió.
El segundo girasol cerró los ojos, cegado por la luminosidad del cielo. La brisa traía un zumbido de miles de insectos, que casi hacía vibrar la tierra roturada, listada y cubierta con una marea amarilla. Todos los girasoles de la parcela levantaban sus cabecitas doradas hacia el astro rey, sumidos en un silencio extasiado.
- Lo descubrí por casualidad el otro día. Escuché voces – avanzó el girasol parlanchín.
El segundo meneó sus hojas suavemente, gesto que el otro interpretó como de ánimo.
- No son como nosotros- continuó- Y hablan todos exactamente igual: es imposible distinguir a uno de otro. Tampoco creo que se les pueda diferenciar a simple vista. Son copias de un mismo modelo.
El segundo girasol observó de reojo la valla metálica que les separaba de la siguiente parcela de girasoles.
- Creo que planean invadirnos -apuntaba en aquel momento su vecino, casi al borde de la histeria.
El girasol callado dejó caer un reguero de semillas, como goterones de miel, en la tierra. Al otro lado de la valla, un congénere exactamente igual que él imitó su gesto en perfecta sincronía.
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Marzo 17, 2009 de Ángeles Jurado
El viejo sapo se concentra en su haiku, con un murmullo de hojas flotando sobre sus saltones ojazos. La vida, excepto por ese rumor, es un plácido silencio.
El árbol parece un punto rubio, diminuto desde el espacio. Encara la ladera despejada, aspirando el olor a hierba fresca, a caléndula, a ganado que ramonea tras la loma y a charcas infestadas de musgo y libélulas de colores metálicos.
“Me dejaron solo en esta esquina de lo que antes era un bosque y hoy es una pradera vacía”, se queja el susurro de hojas color caramelo.
El sapo también se queja para sí. Es tan viejo que no puede atrapar a los mosquitos que son ahora los reyes del llano, desnudo a golpe de hacha y aliento de fuego provocado.
“Neblina antigua
muta en arpillera
que nos distancia”, croa el verde bardo sobre su piedra, sin despegar la mirada del leñador que remonta la loma con la sierra posada en el hombro.
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