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El infierno

El infierno está en una puerta de embarque del aeropuerto de Casablanca. Es glacial. Se sobrevive a él acunando un nido de pájaro tejedor entre las manos.

Gigoló

Me besó dos veces en los labios, agazapado entre dos espejos retrovisores, con la boca húmeda y un juguete ajeno en la mano. Tenía la camisa manchada de coca cola tras un accidente en la pizzería, el pelo lleno de arena y apenas 5 años recién cumplidos.

Dudó un momento antes de calzarse el casco, sentado sobre su hermosa yamaha negra aparcada con elegancia en la puerta. La rubia se acomodó a su espalda. Un revuelo de flashes les envolvió, como una tormenta eléctrica concentrada en apenas dos metros cuadrados de asfalto ateniense. Se abrochó la chamarra de cuero negro. Era una prenda sencilla, austera, carísima, ligera. Al caerle sobre los hombros, la sintió  inesperadamente pesada, como tallada en iridio. Un remolino de imprecaciones se le pegó al tubo de escape, grises como la cúpula del Bundestag en una lluviosa tarde de invierno.

Fiebre amarilla

El rey se encajó en su trono, tallado en una mandíbula de ballena. Posó las sandalias sobre una vértebra del mismo esqueleto, que encontraron varado en la playa siete generaciones atrás y que ejercía como escabel en las grandes ocasiones. Las jóvenes más hermosas del pueblo bailaron, descalzas sobre la arena rubia y los ojos fijos en el suelo. El joven más elegante, el de los pies más bellos, se ciñó un paño bordado con hilos de plata a las caderas para bailar también, realizando sin esfuerzo saltos acrobáticos de pantera.

Los visitantes alinearon las botellas de licor en el suelo como ofrenda. Inquietos y aburridos, los hombres extranjeros consultaban sus relojes, calculando el tiempo que perdían de talar cocoteros, violar nativas y apuntalar vías de tren por el dunerío que se extendía entre océano y laguna. Sus mujeres se abanicaban, entre un frufrú de enaguas, medio descompuestas por la nuez de cola, el calor asfixiante y el baile del chico negro.

En los cañaverales, lejos del estruendo de los tambores, la hija menor del rey consultaba sus cauríes. Leyó sobre la arena pesada el expolio, pero también presintió la venganza de los ancestros. Soñó las mansiones extranjeras abandonadas, ennegrecidas por la humedad y reventadas por mangos gigantescos; un campo de cruces de madera lamiendo –interminable- la vía del tren y una mujer pálida internándose en la selva para buscar, sin éxito, un remedio que pudiera salvar a su único hijo.

Una luna llena manchada se asomó sobre las melenas móviles de las palmeras. Las mujeres extranjeras soñarían, esa noche, con la sensualidad de los movimientos de unos pies de ébano perfectos.

Nacido en domingo

Recuerdo perfectamente cuándo viajé fuera del país por primera vez.

Había cruzado selvas, ríos y pueblos hasta la frontera con Ghana. Llegué en el ocaso de un domingo, entre los cantos de mil iglesias y el percutir de las mujeres que machacan banana en sus morteros.

Sólo dos días antes, el viernes, había saltado por la ventana de la residencia universitaria.

Un helicóptero francés hacía batir sus aspas sobre mi cabeza, las explosiones retumbaban en mi pecho.

Me crucé con otra estudiante que corría hacia ninguna parte. Iba en camisón, los hombros desnudos, de una perfecta redondez, al descubierto.

De repente se detuvo, suspendida en el aire, con un hibisco rojo y morado, enorme, creciéndole en mitad del pecho. Sus ojos se fijaron en mí, desmesurados. Los milicianos invadieron el campus como una plaga de hormigas cuando ella se derrumbó en el pasillo, la boca convertida en un círculo pulposo, sorprendido.

Pensé que tendría que recordar sus últimas palabras, pero no puedo. Ni siquiera llegué a saber su nombre y estoy seguro de que lo susurró en aquel momento.

Sólo recuerdo la niebla que le oscureció la mirada y el olor a miedo y exilio que se me pegó a la ropa. Ese olor sigue adherido a mí, como una segunda piel, desde mi primer domingo en Ghana.

Vocación

Le rastreó la vocación en la nublosa mirada: agrimensor, artista, asesino en serie, astronauta,…

Instinto

Le borró la boca a besos. También la baba y hasta un buche de leche desvaído.

Judith Bosch

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