Fuentes web
Entradas
Comentarios

¡Acelera!, le animaron sus colegas a gritos.

Él soportó con estoicismo sus relinchos de risa y hasta un pataleo furioso, que sonaba a carga de caballería contra los indios.

Midió la distancia hasta ella, sobria, elegante, toda de azul. Y cuando se decidió a avanzar, garboso, tropezó y se derramó a los pies de la bella.

Julieta no lo dudó: de un salto se plantó junto al caído, lo envolvió amorosamente en sus ocho patas y hundió los quelíceros en su abdomen.

Mientras, los colegas de Romeo le silbaban improperios desde la seguridad de una hoja de morera lejana.

Y no hay ni una nube en este cielo de color celeste desvaído. O por lo menos, en el cachito que se aprecia desde la ventana por la que entran los gorjeos y los gruñidos de los coches y los frenazos y el sobresalto de las motos petardeando Don Pío Coronado abajo.

Mi espalda toda es un dolor, con tanta siesta intermitente y tanto alzamiento de niño en la oscuridad y esos intentos de mantener los ojos abiertos para asegurarme de que come bien. De que no quedo con el pecho helado al aire y el niño arrumbado en una esquina de la cama, los dos catalépticos en la madrugada.

Tras el cachito de queque con leche de por la mañana y mientras Marc corretea por el parque, pienso en volver a Etiquetas, de Evelyn Waugh, o en terminarme El Imperio de Kapuscinski. Sin embargo, reconozco que lo más probable es que acabe leyendo cachitos de La maravillosa medicina de Jorge, de Roald Dahl, a un Miguel que me mira con incomprensión mezclada con pánico.

Siguen sin tocarnos la lotería ni la quiniela, así que preveo que la vida seguirá siendo un buche y que la envidia al sistema sueco, con ese añito de baja maternal, seguirá despuntando cada vez que piense en el regreso al trabajo, en apartarme de Miguel y dejarlo en manos de sus abuelos. Los que amenazan con bautizarlo o subirlo una semana a Tejeda sin permiso.  

Bostezo. Creo que hasta la tarde no seré persona  ni podré resistir la lectura de tres palabras seguidas. Vuelvo a la cama.

A ver lo que da de sí esta nueva intentona. De momento, para empezar, un microrrelato de una serie que estoy comenzando ahora. El proyecto se llama Maternidades y, de momento, me está saliendo un poco oscuro. Y además, nada más comenzarlo, ya me tiene bloqueada. Esto de la maternidad sólo me incita a escribir mínimos poemitas babosos sobre el olor a leche de mi niño y cómo me pierdo en sus ojazos … damn it!

Ahí va:

Sus ojos volaban hacia las encimeras, los rieles de las cortinas y las molduras. Eran capaces de detectar a los demonios chinos que conferenciaban sobre la librería y a la pequeña viuda negra en plena labor de tejido. También podían localizar al siniestro grillo que anunciaba una muerte en la cocina.

Mala noche: Miguel cocea y caracolea por las esquinas de mi tripa, lanza un cabezazo a lo Messi sobre el ombligo, protesta cuando la burbuja que habita se deforma contra el colchón, creo que hasta refunfuña en francés, como su padre  cuando avista los deportes de la Cuatro o la Sexta, airado en su bolsa de líquido amniótico.

Es bueno que se mueva, me digo: viviría en estado de pánico si no lo hiciera. Pero quedan dos meses por delante y ya imagino, en un octubre templado a la solana, su manita reflexiva asomándose por mi ombligo para exigirme un libro de Gerald Durrell o una jícara de chocolate ritter o nestlé que echarse al buche.

El Avatareño me censura el que mi agenda adelgace (como secopalo, que diría mi abuela) al tiempo que mi circunferencia se expande. Cierto hasta valga la redundancia el punto, clamo, mientras hago rotar mis hombros para relajarme y practico la respiración superficial y acelerada apropiada para las contracciones.

Si sigo leyendo fotocopias sobre diarrea infantil y cáncer de mama, practicando ejercicios de suelo pélvico mientras sigo Numb3rs, con clases de preparación al parto y visitas a la matrona, trasluchando en la piscina dos días por semana, esforzándome en el control de esfínter y buscando roperos infantiles por medio Sureste, a Estivill y Kegel pongo por testigos de que no llego viva (ni cuerda) al parto.

Todo fumador debería portar un ecolocalizador que le permitiera detectar la presencia de una mujer embarazada a una distancia mínima de unos 3 kilómetros y que le impeliera, de manera taxativa, a apagarse el cigarro en el propio globo ocular, si fuera necesario y a falta de cenicero en las cercanías.

Por desgracia, suele suceder lo contrario: todo fumador porta un ecolocalizador que detecta la susodicha presencia cuando restan apenas 60 segundos para la colisión con ella y aprovecha ese minutito para enceder el pitillo y/o fumarlo con fruición, a fin de poder enviar una hermosa nube de humo tóxico a la cara de la preñada en cuestión en cuanto se roza con ella.

Maldita ley de Murphy.

Agradecimientos

Hoy me levanté pesada y con la espalda dolorida, además de enchumbada en mis propios fluidos con este solajero cruel.

Sin embargo, también me levanté feliz por el reencuentro con un placer que refresca más que remojarse las corvas en la Playa Chica, como es meterse en un libro y desafiar a los mosquitos, el sueño casi enfermizo, la retención de líquidos y otros males y conjunciones planetarias que le acechan a una en el salón de casa.

Así que agradezco a Nenito que me regalara Persépolis, de Marjane Satrapi, en mi 37º cumpleaños. También agradezco a Alexis Ravelo, Antonio Lozano y, sobre todo, Dobrina Gospodinoff, la recomendación de Andrea Camilleri y su inspector Montalbano. Agradezco a Antonio Bordón que sepa cómo fascinarla a una con un encadenamiento elegante y limpio de palabras, mientras pide que nos carguemos a Borges.

También alabo a un poder supremo no divino por el regreso de Silvia desde el Norte y la inminencia de las vacaciones. Y, sobre todo, porque me quedan Murakami, McCall Smith, Evelyn Waugh y mucho más por devorar en las estanterías … esos artilugios que volarán a la casa de los abuelos de Miguel para hacerle sitio a mi león chico, junto con un cargamento de libros y de recuerdos que no caben en mi vida actual si hay que hacerle sitio a un nuevo roomie.

pd. Esther y Fran, el artista antes conocido como el Hombre dice que les debemos una comida en casa y agradecimiento eterno por vehículo motor, visitas en el hospital y miles de favores y alegrías. Estoy de acuerdo con él. Y de vacaciones, me repito, la semana que viene. Hablamos …

La vieja sirena

Un tercer ojo me crece en el vientre, estupefacto. Por él, Miguel podría mirar al exterior, si sus ojitos funcionaran correctamente y mi piel fuera más fina, casi traslúcida.

En el tendedero, trabado a una liña con sus tirantes, se regodea  bajo el solajero mi bañador premamá nuevo. Ése que me convierte en una enorme boya de color turquesa, flotando torpemente en las aguas revueltas de la piscina de Las Rehoyas. Los pechos, cada vez más díscolos (y grandes), pugnan por salirse del escote demasiado abierto. El simpático monitor nos fustiga, exigiendo largos de crol y espalda dignos de un Phelps para arriba.

Hoy quisiera visitar el CAAM, anegado por la marea migratoria de elojodearena, pero dudo que sea persona después de una sesión de matronatación de esta tarde. También quiero terminarme el sórdido, duro, repugnante a veces a la par que adictivo y desasosegante Déjame entrar. Aunque me esté poniendo mala cuando lo cato y me enturbie los sueños.

Después te prometo, Miguel, que sólo veremos comedias y leeremos cosas alegres y ligeras. No más contagios.

Hoy me siento más yo y mi circunstancia, Miguel, que nunca.

Fuera, panza de burro. Dentro, cataratas de sudor bajo el blusón a lo Demis Roussos y ganas de salmorejo y deseos de sentirle rebullir dentro, como un perenquén sabedor y travieso, y jilorio de Marc.

Con más tiempo y tranquilidad, escribo una disculpa y explicación pública por el abandono. Mientras, me inquieto con Déjame entrar, una recomendación de Alberto. De nuevo, Suecia, con un fondo de suburbio desangelado y frío, pedofilia, vampirismo, alcoholismo, fracaso y acoso escolar. En la nuca, se me eriza el vello mientras Eli ataca a su primera víctima, justo debajo de un puente.

De momento, recomiendo. Igual que recomiendo la presentación de Esperanza Suárez en el Club de Prensa Canaria, esta tarde, a las 20.30 horas. Y la Playa Chica para madrugar un sábado, con Diego saltando entre las olas como un sirenito mareado. Y el embarazo sin verano de por medio.

Leo lo último de Stieg Larsson y me acaricio la dulcemente abombada tripa, donde crece una promesa. Mientras, Marc pasa por todos los controles policiales de la isla, con su L en el cristal posterior y Alpha Blondy en el estereo MediaMarkt.

Espero que estas breves líneas sean el comienzo de un regreso. Besito a todo el ciberespacio.

Entradas antiguas »