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Galáctico

Se compró el deportivo más potente, más caro, más veloz. Y se dedicó a pasear, muy despacito, por la cuesta más popular de Funchal: arriba, abajo, arriba, abajo, arriba, …

El próximo jueves, día 22 de abril, entre las 18.00 y las 20.00 horas, firmo ejemplares de Cambio de rumbo y otras historias pigmeas, Síndromes de Estocolmo y Salvapantallas en la librería Galenas, en el Centro Comercial Siete Palmas, en Las Palmas de Gran Canaria. Es parte de la celebración por el Día del Libro de Galenas y están invitados, otros días, autores como Antonio Lozano.

Lectores, amigos, parientes, curiosos y desocupados están invitados a hacerme compañía, si no tienen nada mejor que hacer como revolcarse sobre los pectorales de Viggo Mortensen o Monica Bellucci.

Chaquetera

A Dalila le hartaron las peticiones de los filisteos.

Fingió aceptar su último encargo: rapar al defensa del equipo contrario, un tal Sansón, con una melena rizada derramándosele sobre los ojos azulones, la anchura de un ropero y la textura de un tanque.

La contrataron para la final de la Liga, colmándola de piezas de oro.

Ella apenas le retocó el flequillo e invirtió su paga en una apuesta y una bufanda del equipo judío.

Evolución

La bautizaron Dalila, era la quinta de su estirpe.

Tenía una sonrisa ladina y predilección por las tijeras de plata, las columnas de estilo corintio y las esposas forradas con terciopelo rosa.

También se había hartado de los tipos cachas, con melenas leoninas.

Perseguía a un elemento enclenque, medio cantautor, llamado David.

Viajera

Decidí aprender la misma frase en todos los idiomas posibles. Algo que me resultara útil en mis viajes alrededor del mundo.

-Vänta på mig. Perímene. Wait for me. Attend moi - recitaba mientras planificaba una nueva excursión transatlántica, comprobando rutas, precios y alojamientos en varias esquinas del planeta.

Pensé que era la frase perfecta: ideal para guías turísticos y conductores. También para carteristas, timadores y hasta destripadores de turistas incautos.

Cese de actividad

- Entonces es martes, seguro, por lógica – me siseaste, hecha una furia.

Y para demostrarlo abriste de par en par las puertas de tu viejo armario de teca. Dentro, efectivamente, se encontraba Pierre, tu amante de los martes, intentando mimetizarse con un traje de noche de lamé amarillo.

Nos saludamos con un gesto y sonó el clic de la llave de tu marido en la cerradura, puntual, como cada mediodía.

- Sólo vine a decirte que nuestras citas del sábado están canceladas – mentí- Me apunté en un curso de escritura creativa.

Lo último que me llevé de tu alcoba fue la mirada de piedad y comprensión de tu marido.

Interruptus

“¡Acelera!” ordenó ella mentalmente a aquel dedo dubitativo, que giraba en torno a su clítoris como si no supiera qué hacer exactamente con él. Como si la hubiera escuchado, el dedo escapó hacia el terreno más seguro del ombligo.

Solución final

[Para Dobrina y Silvia]

Aquel científico se labró una pésima reputación entre los ciudadanos afectados por la calvicie.

- No hay mejor solución para su problema que contraer un cáncer – explicó, flemático, a un periodista - Si se cura con quimioterapia, el cabello rebrotará como por arte de magia.

El científico se detuvo un momento tras esta afirmación, dejando la pipa que fumaba suspensa en el aire.

- Si no se cura, el paciente tendrá otras cosas, más serias que la alopecia, de las que preocuparse – concluyó filosóficamente.

Disputa doméstica

- Por cierto, ¿hoy es domingo?

Mi mujer me observó, fingiendo inocencia, desde el borde de su revista divulgativa.

No me engañó ni por un instante: leí el brillo codicioso de sus ojos al posarse en el mando del televisor.

Así se lo expliqué a los agentes que me detuvieron y que se incautaron de la tostadora con la que quebré su craneo cardado, tan intelectual él.

- En mi salón no hay sitio para Punset si al mismo tiempo juega Iniesta.

-No quedan ya libros- constató, acorralado en la azotea de la biblioteca pública.

Había descubierto que eran las armas más efectivas contra los zombis.

Una enciclopedia podía reventar una cabeza de no-vivo. Un librito de poemas hacía florecer unas entrañas podridas y resecas.

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