Tecleo, reventada, como es propio de la Navidad.
A ratos, hundo una cookie en mi tazón de leche fría y meneo ñoño, comprobando si han regresado del umbral de la hipotermia después de esperar al Hombre como unos cuarenta minutos en San Telmo, a la intemperie y con todos los colgados de la isla paseándose por mi perímetro cargado con turrones (gracias, Santa Yeya y San Javier Campos) .
Mientras despotrico mentalmente de sus originalidades (como sacarme de paseo al cuartelillo de la guardia civil en Agüimes un sábado por la mañana o llevarme a urgencias de La Isleta un domingo en que esperaba ir al teatro), el Hombre pelea con la cocina en francés. Casualmente, el mismo idioma en el que habló ayer con uno de sus mejores amigos, Noel o Navidad, un buen hombre a la par que especimen digno de atropellamiento por rueda de camión sebadaliano, tras aprovechar los veinte minutos posteriores a que le invitara a una celebración de cumpleaños sorpresa en honor al Hombre para llamarle y contárselo todo … el muy maldito.
Tecleo, pues, por aclamación popular y hecha un cristo. De malagana, a pesar de que Nenito se tomara el trabajo de arreglarme el portátil ayer y de que el Hombre está demasiado ocupado con la cocina para oler si quiera un torniquete de test de autoescuela. Muertita, como puede acreditar mi musa chunga o reina de la equinácea, que se pasó un cuarto de hora bostezando conmigo, esta tarde, en una terraza del Monopol sin que ni un camarero nos echara la vista bajo las congeladitas cinturas.
Rabiosa por culpa de algo que antes amaba y ahora sufro: la Navidad.
En mis años mozos, afirmo que la entendía a través de los ojos de Dickens: del grillo del hogar de Dot y los fantasmas de Mister Scrooge. Que pasé meses soñando con una buena nevada que convirtiera la Bahía – la que queda fajada entre el puerto, la base naval y las Alcaravaneras- en una pista de patinaje sobre hielo improvisada. Que puse leche en platitos para camellos y abandoné cholas junto a la ventana. Que esperé confiadamente que los Reyes me adivinaran el pensamiento, porque no le veía razón a las cartas si los milagros cabalgaban desde Oriente hasta Occidente allá sobre el horizonte. Que zumbé Noche de paz por las esquinas de la casa mientras personalizaba con dibujitos cursi cada una de las decenas de postales que enviaba a todo el mundo -desde Broken Arrow, Australia, a Kastoria, Grecia- con motivo de las fiestas.
Ahora, a los casi 37 años, tanta manía le tengo a la Navidad como antes cariño.
Me marea eso de correr por grandes superficies comerciales con una lista de regalos y gastarme en ellos lo poco que me sobra tras el atraco mensual de la hipoteca. Temo subirme al coche para disfrutar de un embotellamiento, atasco o similar por media red viaria capitalina. No puedo colar otra caloría en los pantalones de pinzas con los que me travisto cada mañana. Me estreso con los mensajes navideños que me llegan, con sus pequeñas obligaciones de reciprocidad implícitas. Miro atravesada al polvoriento arbolito artificial que no subí a la azotea en todo el año y preveo la visita del Taxista Sicópata en Nochebuena, criticando el estampado de los estores o los olores que salen por la ventana de mi cocina.
Que me siento -en fin- misántropa, feroz, irritable y agotada. Y que lo único que puede reconciliarme con estas fechas es la imagen de Diego, todo dientes pequeñitos y un universo de bombillas navideñas en los ojos, lanzándose en plancha a por su caballito nuevo desde los brazos de su abuelo.
O, en su defecto, una semanita en Bali, por ejemplo, comiendo langostas a pie de playa y con el Hombre en otro planeta.



El título me abruma. Varias vidas harían falta para darte una pequeña parte de lo que mereces.
Por otro lado, le acompaño en el sentimiento navideño. Todos somos Scrooge.