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Archive for 10/01/08

El Hombre parece creer que por las mañanas, justo después de la ducha, un asesor de imagen invisible me unta en cola desde las diminutas uñas de los pies, pintadas de un rosa descascarillado, hasta las dos canas que surgen, como electrificadas, de la raya con la que se me divide la melena alborotada al alisio.

Después -también según el Hombre- ese mismo asesor transparente me empuja dentro del ropero, lo sella y sacude el artefacto con bríos, tal y como hace la chica del anuncio de Baileys con la coctelera y las bembas.

Tras varios minutos de meneo, la puerta del ropero se abre y ahí aparezco yo, con unas botas viejas, unos calcetines de Walt Disney,  un pantalón sobredimensionado y una camisa arrugada que no pega con nada de lo anteriormente inventariado.

Entonces el Hombre, estiloso y preocupado por la imagen propia y ajena siempre, me observa con sus ojos adormilados y las cejas hechas dos interrogantes de pelo negro.

“Cari”, se le escapa y luego entona con su fuerte acento francés destilando veneno aunque ría: “Pareces la madre de Michael Jackson. No sé si te vas a poner a bailar ahora”. Yo analizo los pantalones, segura de que no es para tanto hasta que me doy cuenta de que me dejan media canilla a la intemperie y forman un flotador de tela en torno a mis caderas, efectivamente muy años ochenta o quizás época victoriana. 

“Eres como Ronaldinho con su contrato con Nike“, prosigue él de seguidito, examinando mis botas de siempre. “Tienes muchos zapatos, ¿por qué te pones siempre esas botas? Parece que si te las quitas te echan del equipo”, termina, engominadito y planchadito hasta el último poro él y todo dientes relucientes. Y lo cierto es que las botas tienen las puntas desvaídas y arrugas hasta en las suelas, pero me parecen tan cómodas que me rebelo ante la idea de dejarlas en casa y aprisionar los pinreles en otra cosa. Sobre todo, si hay que escalar unos tacones.

Ayer estuve de rebajas con Yeya, obsesionada por las críticas del Hombre. Pasamos por H&M, Pimkie y Natura sin que la tarjeta se meneara ni un poquito dentro del bolso. Casi toda la ropa que vimos me parecía apropiada para adolescentes anoréxicas y sin criterio, aunque Yeya encontró algunos trapitos bien aparentes. La ropa interior, por otro lado, no existía en mi talla o era tirando a horripilante, al tiempo que el (innecesario en mi caso) relleno de sujetador campaba a sus anchas y altas por todas las estanterías.  

Volví a casa con un bonito libro, pero con las mismas botas y menos ganas que nunca de descalzarme. Y a Bernhard Schlink rezumando erotismo pongo por testigo de que el Hombre me dirige otro comentario de fashion victim subidito y se las come, con el pantalón de la madre de Michael Jackson y todas mis braguitas de Snoopy.

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