Tras un agradable desayuno con tibias torrijas rebozaditas en miel y mandarinas deliciosas, mando al Hombre a comprar un par de cositas al Mercadona y me acomodo ante mi portátil, dispuesta a ejercer de crítica en mi primera y fugaz experiencia con el Festival de Música de este año.
Evidentemente, no aspiro a hacerlo como Javier Moreno, ese George Clooney del destripe al tenor y la batuta, más George Clooney que nunca con el cuello del gabán revirado y sus gafas intelectuales. Ni como Luisa del Rosario, Julia Roberts por una noche sobre sus tacones de vértigo y calzando medias de rejilla a la puerta del Auditorio Alfredo Kraus, tan sofisticada como dulce. Más bien en mi propio estilo rupestre, tirando a ignorantón.
El programa de ayer noche (gracias, Pelusa, por las entradas) fue cosa de la Nederlands Philharmonisch Orkest, con Yakov Kreizberg al frente y Cañizares acariciando la guitarra flamenca. Incluía a Beethoven, Mauricio Sotelo y Franz Schmidt, aunque Noe y yo salimos escopetiadas nada más acabar el bis de Cañizares, aplaudido y deseado tras el extraño pastiche de Sotelo.
Primero que nada, opinar que el Festival de Música de Canarias me parece cosa más de apariencias que de otra idem. Imagino que las momias más lustrosas y estiradas de la ciudad salen del armario, desempolvan sus pieles y sus diademas de brillantes, se cardan el pelo y se echan laca en él hasta que adquiere consistencia de cartón piedra, se calzan tacones afilados como puñales y se pasean por el hall del auditorio como fragmentos de otra época, charlando entre sí y exhibiéndose dignamente.
Después, agradecer a mi moleskine el ayudarme a aguantar el concierto despierta, tomando notas y bosquejando algún microrrelato entre los aplausos tibios y desganados de la escasa (y menguante) concurrencia. Al lado, Noe se refugiaba en su abrigo, indignada con las dos momias de la fila de delante, que no paraban de moverse ”como chiquillas chicas”. O daba cabezadas a ratos. O se asomaba sobre la tapa de mi libreta, curiosa.
En el escenario, una marejada de arcos de violín para un Beethoven bucólico y ligero. Una orquesta que sonó precisa, limpia y correcta en mis profanos oídos, aunque no despertó pasiones entre el público. Un director que bailoteaba casi en estilo break dance al borde de moonwalk. Y una melena roja como una llamarada ausente en los palcos de prensa.
Lo de Sotelo fue un poquito esotérico al principio, como de banda sonora de película de terror con carne de cañón de psicópata corriendo por un bosque, al modo bruja de Blair. Una pieza demasiado abstracta para mí, con escenas de Cortina rasgada, percusionistas sicóticos saltando entre los instrumentos, expresiones desconcertadas entre los músicos, solos de guitarra flamenca geniales y solos de orquesta plúmbeos.
La primera fila de butacas, fronteriza con una marea de calas y a la vera casi del director, que se daba un aire a Sarkozy desde el primer anfiteatro, se esfumó antes del bis de Cañizares.
Nosotras escapamos con la última nota sentida de su guitarra, abandonando a Clooney y Roberts detrás. Sin volver la vista. Sobre todo, cuando Clooney nos informó de que la última parte del programa la compuso un nazi e intuimos que desearíamos invadir Polonia tras sufrir los primeros tres compases. Clooney recomienda a Muti, así que seguiremos informando.
Extraña crítica de música en la que no hay ni una sola palabra sobre música. Por cierto, lo de Polonia ya se le ocurrió a Woody Allen hace muchos años. Saludos
Que lo de Polonia se le ocurriera a Woody Allen no le da derecho a utilizarlo en exclusiva. ¿O, sí? Entonces me temo que mi hermano y yo le debemos un montón de dinero en royalties.
¡Sigue así, Angie!
Tienes razón Ruyman. Mi comentario acerca de la cita de Woody Allen, estaba fuera de lugar.
Tienes razón, Esteban. Cuando escribo de música no soy muy ortodoxa. Ni cuando escribo de cine, literatura, política o deporte, ya puestos
No soy una especialista en ninguno de esos temas, así que lo que hago es dar mi visión de las cosas, de una manera un poco “rarita”, lo reconozco.
Para críticas especializadas, tienes a Javier Moreno o Alberto García Saleh. A Javier, por ejemplo, lo leí hoy: no le gustaron ni la interpretación de Beethoven, que encontró floja; ni la de Schmidt, que calificó de plagio y de lacrimógena. Creo recordar que fue más benévolo con Sotelo que yo, pero que -en general- el concierto no le gustó demasiado. También le hizo gracia que en programa se calificara eufemísticamente de relación ambigua (o algo así) lo de Schmidt con el nazismo.