Las campanas de la iglesia de los Dolores doblan solemnemente y por la ventana se cuelan los sonidos de la calle: niños jugando, un perro impertinente, algún coche, la pelea de unos novios, … En el salón, el Hombre discute con la tele, caliente probablemente porque el Barça se acerca a otra derrota tonta o un empate absurdo. De vez en cuando suelta alaridos de perro que ha perdido a su amo. O maldice cuando se pierde la señal.
Sé que a estas horas Yeya se repone en casa, agotada tras un picnic en Ingenio con Neketan y Anna, lejos de las partidas de scrabble y enganchada a la medicación anti-resaca. Al trabaja en el Rincón del Jazz con Chris Potter y Pachi, en el aeropuerto. Mi hermano y Noe ya habrán acostado a Diego. Alfredo se busca la vida en Madrid, Mercedes promete visita, Elisabeth se embosta a helado en la tórrida Buenos Aires, Maby y Carlos estarán de gira por algún rincón de la península … Probablemente, Edu y Noe ven una película en el cine, Dubidugis lee, Nenito teclea en su ordenador, Judith y Lobillo escriben, Esther pasea a los perros con Fran.
Yo suspiro, satisfecha, porque hice la compra con el Hombre en Mercadona esta mañana, me tomé un capuchino en La Tartería de Agüimes este mediodía y comí en ese Ojos de Garza asediado por turbinas de avión. Y porque después llegué a casa para dormir la siesta abrazada al Hombre y planeo hacer torrijas y leer un ratito mientras él se me pone al borde del infarto frente a La Sexta.
Hoy tuvimos calima y una ventanía que sembró las carreteras con ramas desgajadas de eucalipto, palmas y otros residuos vegetales. El mar se veía rayadito de espuma y reluciente. El sol picaba. El cielo lucía enarenado, las nubes conspiraban. La jornada me recordó, en pleno febrero, a los indolentes días de agosto, con el neopreno calzado y haciendo equilibrios sobre una tabla de windsurf. A los laxos meses de verano, aplatanaditos, desdibujados, insinuantes y llenos de encuentros amables y momentos dulces, de caricias de sol en la espalda.
Ahora me apetece cocinar un poquito, escribir un par de microrrelatos a mayor gloria de Jane Millares, leer otro cachito del libro de Santiago Gil, calmar al Hombre y quizás ver una película con él si no me destroza el plasma ni sufre un ataque cardiaco en la próxima hora.
Espero que el día de todo el que pase por esta esquina de ciberespacio sea, como mínimo, la mitad de bonito y lleno de promesas que el mío.



Bueno… el Barça ganó, para mi desgracia, por lo que seguramente habrás recibido premio en forma de gallifante invertido después de la cena,, jajajajaaj
Perdón, pequeñuelo, el Barça ganó Y el Madrid perdió. Doble gallifante
Mmmm Torrijas!