El Hombre discute en el salón con Marlene, teleoperadora de Telefónica.
Parece una discusión de enamorados: él le repite que no quiere volver con ella, le recrimina que Telefónica ya le ha engañado muchas veces, se le revira educada pero firmementemente. Ella intenta convencerlo, amable, y seducirlo con su suave acento latinoamericano, sin saber que lo suyo está condenado al fracaso, que él es morrudito como él solo y que transcribe en letras de molde todas sus conversaciones con teleoperadoras, además de recordarlas punto por punto, con memoria de elefante.
De fondo, Mamen Mendizábal y sus tertulianos calientan para la madre de todos los debates. Y el Gran Wyoming, hasta hace un rato, desparramaba utilizando a un burro y los chiquillos de un aula como comentaristas políticos y encuestadores.
En cuanto comienza el debate, el Hombre suelta el teléfono y me pone en contacto con Marlene para acampar en el sofá, con la ceja engarfiada y los ojos relucientes. Calla cuando habla Zapatero y discute con el plasma en un francés cargadito de mala baba en cuanto se le aparece Rajoy. Talmente como en un partido de fútbol.
Voy a aprovechar la hora y media de debate para cocinar algo y escribir un poquito. Quizás para leer, si me dejan los gruñidos y las risotadas del Hombre en el salón y las salidas de tono de nuestros personales Hillary y Obama. Debí haberme encaminado al Monopol al salir del trabajo, como sugirió Yeya con buen tino, suspiro. Pero supongo que tampoco está mal esto de vivir la campaña electoral vicarialmente y entre los vapores de la cocina. Ni descubrir que, efectivamente, todas las niñas felices y españolas que aparecen en la televisión hablando de política se decantan por el PSOE, dejando en bragas al pobre y bucólico Rajoy.



¿Son cosas mías, o la mayor parte de las teleoperadoras de compañías telefónicas últimamente son sudamericanas? En cualquier caso, si era de Telefónica El Hombre tuvo suerte. Las de Jazztel son mucho peor. Son capaces de contratarte la tarifa plana incluso cuando les dices que no.
Y los hombres cuando decimos no, queremos decir no. ¿o no?
Del monólogo a dos, prefiero no opinar. Sobre todo porque acabo de imaginarme a Rajoy con los pelos de Hillary y a Zapatero con el tono de piel de Obama.
¡Saludos!