Ardo y me consumo a un carraspeo de perder la garganta. El Hombre me pegó la gripe y vago por mi vida, dolorida, con más ganas de ensabanarme y apagar la luz del universo que de escuchar a Seydu al resplandor de las velas.
Una suave y mortal humedad desciende ahora sobre el patio de Casa África, bajo el cielo azul grisáceo, raspado de nubes. También raspa una copa contra otra, con un tintineo discreto, en el patio y raspan unos dedos hábiles las cuerdas de una especie de kora.
Seydu está colocando sus instrumentos, amorosamente, en su pequeño escenario adornado con telas de Mali. Lo acomoda y calienta con su breve y simple escenografía. Delante de él, se erigen dos antorchas prestas para llamear en una noche mágica. Hay mesas, como extraños hongos futuristas, creciendo desde las baldosas de piedra del patio.
Un avión rasga la paz de la casa con su rugido acolchado. Suena una pita en la calle. Me bebo mi propalgina, acompañada por la santa equinácea.
Bajo el corredor, Seydu va completando el ritual de preparación del concierto, percutiendo el lomo de una marimba en el patio.


