Resplandece un tibio día soleado sobre Las Palmas de Gran Canaria y mi estómago ruge por la pitanza, sin humor para más esperas. En la nevera, metiditos en el tapergüé, se manifiestan mis macarrones con quesito azul nórdico, oprimidos por cachos de salchicha improvisados en vez de beicon. Alguna pita incordia a lo lejos, alguna paloma cruza el cielo disparada y escribo una cosa rapidita.
Anna Buil me acaba de enviar la agenda de Ámbito Cultural, como cada mes, vía correo electrónico. Como cada mes, hay club de lectura en El Corte Inglés. Y en este muy literario mes de abril, me toca a mí.
Propuse varios libros africanos o sobre África y los lectores eligieron Ébano de Ryszard Kapucinski, ese maestro de reporteros y ser humano ante todo, que afirmó que para ser un buen periodista había que ser una buena persona. Me apetecía más Fruta amarga La sombra de Imana de Véronique Tadjo, porque ya me leí Ébano hace un tiempito. Pero lo estoy retomando con gusto, a ratos entre la Liga y la cocina, en las noches fresquitas de este simulacro mortal de primavera.
La primera pregunta que me ronda la cabeza para los lectores del Club se me está planteando cada noche a la luz de mi lamparita Ikea: ¿por qué solemos elegir a escritores occidentales para que nos cuenten África, en vez de fiarnos del ojo local?
Opino que aceptamos a los autores latinoamericanos y asiáticos y los encontramos exóticos y auténticos, pero parece que las credenciales de siglos de oralidad y pasión por las historias no son suficientes en el caso de África, que no hay forma de reivindicar a sus creadores y la preferimos recreada para nosotros por un viajero no africano.
Yo también peco: me encanta el Javier Reverte más suahili. Y me he empapado con las visiones africanas de Churchill, Antonio Lozano o Gide, mientras que las experiencias de Soyinka, por ejemplo, me son todavía desconocidas.
Donato Ndongo nos lo recriminaba en una entrevista el año pasado: África quiere dejar de ser un mito de los blancos y revelarse como la realidad de los negros.
Pero ya.



No conozco ese libro de Kapucinksi, pero tengo uno pendiente acerca de la Unión Soviética con pinta más que interesante.
Por todo lo que oigo, era un periodista excepcional…
Acerca de África, quizás sea el mismo caso que Oriente Medio, y grandísima parte de Asia… salvo Amin Malouf y poco más, se suele tener más referencias por los occidentales que por ellos mismos. Japón es la excepción, y puede que la India. O a lo mejor es solo mi desconocimiento de escritores Thailandeses, Coreanos, Birmanos, Afghanos, etc…
En Sudamérica al fin y al cabo son ya casi occidentales tras la colonización, es lo que tuvimos los españoles… ningún reparo en extender la raza y mezclarnos con los indígenas, y por eso su escritura nos resulta cómoda.
My 2 cent, que dicen los (norte)americanos
Pues espero con ganas esa sesión del Club de Lectura en la que te tendremos como cicerone por el Ébano de Kapuscinsky. ¿Será que los lectores temen no conectar con una visión africana de la narrativa? Sí te puedo decir que el segundo libro más votado de entre los que propusiste fue ‘Las lágrimas de la jirafa’, de Alexander McCall Smith. Africano, nacido en Zimbawe, aunque blanco y educado en Escocia.
ps. Gracias por el chocolate con churros
Yo supongo que tiene que ver con que muchas culturas no africanas han desarrollado la escritura desde hace siglos, tienen grandes tratados en papel/pergamino/lo que sea conservados de alguna forma, presumen de alfabetos en piedras o pirámides, etc. Mientras que los africanos tienen una relación con la escritura reciente y muy influenciada por su oralidad y por los modelos externos del colonialista de turno. No lo sé, es una idea.
Y también coincido en que quizás no nos fiamos del todo de poder comprender esa visión africana y preferimos intermediarios, sí. O quizás pretendemos no ver la realidad de la poligamia o los abusos de poder y nos gusta sumergirnos en algo más idílico, más Karen Blixen dando clase a los kikuyus contra un atardecer espectacular.
Sobre McCall Smith, lo curioso para mí es que es un blanco semieuropeo/semiafricano que se mueve entre dos estilos: el edimburgués tirando a victoriano y otro que parece que tiene una cadencia africana, más lenta, más como tú puedes pensar que podría escribir un zimbabuense negro, por ejemplo.
pd. De nada por los churros. Aunque creo que voy a dejarlos después de verme el vientre en danza del ídem
No había visto antes esta entrada y, casualidades de la vida, precisamente compré Ébano la semana pasada, claro que yo soy un entusiasta confeso de la prosa de Kapuscinski.
Feliz fin de semana bajo la calima, que viene de África.
Gracias, Ruymán. Estoy disfrutando mucho de la re-lectura. Hacía tiempo que no releía algo, hay tanto nuevo y tantas cosas a la espera …
Feliz solecito madrileño, espero. Y que te vengas pronto a tomar té por aquí.