La diosa eligió para nacer una aldea minúscula, muy pobre, del sur. También escogió una noche de noviembre templada, en la que las caléndulas se dejaban mecer por una brisa con olor a cardamomo y estiércol.
La diosa asomó primero la cabeza, cubierta con una mata de pelo rojo como el rubí del turbante de un marajá. Después surgieron cuatro bracitos blancos, con sus cuatro manitas y los veinte blandos deditos correspondientes. Finalmente aparecieron las cuatro piernitas pataleantes ante sus maravillados padres.
Un médico llegó para visitarle desde la ciudad más cercana. Le hizo fotos, tomó notas y dictaminó, tras llamar por teléfono varias veces, que había que amputar las extremidades sobrantes.
La diosa, en su cuna, intentaba comunicarse inútilmente. Ardua tarea cuando ni siquiera podía abrir los ojos, del color del ámbar, y no aprendería su primera palabra (“no”) hasta el siguiente noviembre.


