La grafóloga comenzó a sospechar algo cuando las curvas que coronaban emes y enes se afilaron y la i latina perdió el globito abierto que flotaba siempre sobre ella, ligeramente desviado hacia la izquierda. Poco a poco, las eles se pegaron, ladinas, a las vocales que les acompañaban y éstas enflaquecieron intentando ocupar menos espacio. Las erres se atacaban entre sí apenas surgiera una excusa. Las zetas zigzagueaban airadas. Hasta las dóciles des se enzarzaron en batallas absurdas con la a, como si la consideraran una imitadora con pretensiones de suplantarlas
La grafóloga supo que el fin de su cordura andaba cerca cuando los rabitos de las pes, normalmente rectos y breves, se estiraron amenazantes hacia los lados, como buscando pelea con la esquiva q y la y conciliadora.
Justo en ese momento, se negó a seguir escribiendo.


