Lo hemos decidido de común acuerdo, al observar cómo hay partes de su anatomía que puede disociar del resto y dejar quietitas mientras mueve otras que ni sabíamos que existían en nosotras mismas o en otros seres humanos: Sandra, nuestra profesora de danza del vientre, es una alienígena.
Dia anda indignada porque estamos en el vagón de cola del movimiento pélvico. Mucha Casa África, pero si intentáramos agasajar a un dignatario argelino o egipcio -por poner dos casos- con nuestros golpes de cadera, provocaríamos, sin duda, un incidente diplomático o una guerra mundial.
Sugieren que practiquemos en casa.
Me veo basculando ante el espejo del baño, con el Hombre aporreando la puerta, desesperado. “Pubis a las doce”, le diría, si insistiera en practicar, y no sin ruborizarme: “Hacia delante, hacia detrás, apretando el esfínter”. Y él clamaría por sus geles, cremas y demás afeites.
Maldita sea Natacha Atlas.


