Lloraba sus amores perdidos en una plaza, abrazado a una guitarra.
Hablaba de pechos que se le escapaban entre los dedos, como pájaros azules. Tenía los ojos tiernos, un palestino anudado al cuello y un moño de rizos brotando de su nuca desamparada. Una luna romántica, nimbada su figura, patética contra el empedrado de Vegueta.
Ella sintió un impulso irresistible. Después juraría que tiroteó al cantautor por pura y simple piedad.


