El trovador conocía al dedillo el árbol de los temperamentos. También sabía qué hora del día era la adecuada para interpretar un poema de amor, un lamento o una danza.
Por eso lo llamaron a palacio, para contentar a la princesa de los ojos tristes.
Y por eso se evaporaron sus conocimientos, como el rocío bajo el sol, cuando tuvo que tocar para la bella indiferente. Hasta olvidó cómo tañer su kora al escaparse el blanco tobillo de ella, cargado de dejes de plata, bajo el vuelo de su falda.
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