Estoy de mal humor con este verano que no es verano ni invierno ni nada que se le parezca, con estos fríos polares repentinos y estos calores de sauna feroces, con estos vientos traicioneros, navajándote los riñones por las esquinas.
Salgo de casa enmarañada en la bufanda o temblando bajo una fina camisa de lino, de un blanco tropical, que me regaló el Hombre. A los cinco minutos, o me enchumbo en mis propios fluidos o me convierto en mini-iceberg caminante y parlante, a punto de hundir con estornudos, bacterias y malos efluvios al Woermann que se me ponga por delante.
Estoy cansada del tiempo imprevisible, de los caprichos de un cielo que juega con nosotros, del strepsil en la boca y la propalgina en el bolso.
Y me voy a casa a rumiar mis malos humores, a practicar el horneado de pollo y apartar de la vista minúscula de Diego todo lo que sea susceptible a matar o morir en una batalla con él en mi casa. Primero que nada, apunto, la minicadena.
Feliz fin de semana.



Tengo que abandonar esa costumbre de hacerme imágenes mentales de lo que leo.
Feliz fin de semana, too.
Jejeje… vivir en el sur de la isla de enfrente tiene ventajas, aquí no hay tantos cambios de tiempo. Basta tener un par de piedras en el bolsillo para no salir volando…
Hmmmm … ¿mande, Nenito? ¿Qué imagen?
Carlos, creo que estamos de verdad metidos en el endiablado cambio climático y que no hay piedra en el bolsillo ni anorak ni tanga que nos salve
“A los cinco minutos, ….”
No parece una visión muy seductora, pequeño y pervertido Douasnó