Los trovadores de su pueblo solían dormir, abrazados a su kora, sobre la tumba de un poeta. Los más viejos de entre ellos afirmaban que era ahí donde se obtenían inspiración y crédito como verseadores.
Él sólo intentó seguir la costumbre.
Migró al Père Lachaise, el cementerio que tenía más cerca de su barrio. Allí fue a encallarse, abrazado a su vieja guitarra, al pie de la blanca tumba de Oscar Wilde.
El sol lo sorprendió al amanecer con sus lengüetazos tibios, igual de sabio que el día anterior, aunque cubierto de besos de colores.
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