Coincidieron en un crucero, los dos pasajeros más jóvenes de un club flotante de la tercera edad.
Él, un francés de ojos tristes y labios golosos. Ella, una argentina de móviles caderas.
Con esos antecedentes, era inevitable el frotamiento de lenguas.
Advertisement



Grrrrr! Tú picándote conmigo y yo sin ningún “micro” decente en la recámara. ¡Qué vida más triste la mía!
No me lo creo