El sultán, harto del adulterio reincidente de su esposa favorita, la hizo decapitar con una cimitarra de plata bien afilada.
Vengativo, ordenó que le llevaran cada noche a su cama una mujer nueva, elegida entre las más bellas del país. Después de forzarla sobre sus sábanas de seda, el sultán ordenaba que la ajusticiaran, sin sentir ningún remordimiento.
Para el monarca, todas las mujeres eran iguales que la díscola asesinada: hermosos objetos en los que no se podía confiar, criaturas traicioneras.
Hasta que una tarde de abril, especialmente azul y perfumada, se decidió a dar un paseo por el zoco de las especias.
Por el camino se le atravesó, tentadora, la librería más antigua de Bagdad.
Él no lo sabía, pero en sus profundidades, entre legajos y papiros, le esperaba una muchacha linda y resabiada, de nombre Scherezade.
Era una beldad de grandes ojos gatunos, que resaltaban con el luto: aquella misma mañana habían cercenado la cabeza de su hermana mayor, el último capricho del sultán.
Él lo ignoraba al entrar en la librería, pero la valiente y sabia Scherezade urdía un plan, calladamente, entre epopeyas y poemas.



Me trae recuerdos no tan lejanos de mi Scherezade, que entretenía mis noches y hacía que contara las horas del día hasta volver a encontrarla por la noche, una Scherezade 2.0 que apenas existió más que en internet y que un día desapareció sin dejar más rastro que la huella en la memoria, un libro que me regaló y tres horas que ahora parecen un sueño…y un hueco en el corazón que siempre estará reservado para ella.