Fundamentalmente, a mí me parece que hay que resaltar que Kapuscinski es un autor interesado en la intrahistoria, en la historia que se escribe en renglones chicos, en la vida del común de los mortales, del rincón más alejado y aparentemente menos interesante para la opinión pública mundial (o sea, la norteamericana, inglesa o alemana).
Él habla del factor humano, pero del factor humano más pequeño y que nos dicen que es más insignificante. No le interesan las recepciones de embajadas, el microcosmos oenegero, los palacios de gobierno, los hoteles Palestina o escribir desde la comodidad de un jardín elegante o una habitación con aire acondicionado, en una ciudad moderna y segura, como Durban, con un gin tonic a mano y lejos de los mosquitos y la malaria, las cobras y su veneno, las minas amputadoras, las hambrunas o las incursiones tuareg. No le interesa que le ”incrusten” en el seno de una tropa extranjera.
Su forma de ver la vida “africana” es diferente, quizás porque procede de un país comunista, católico y pobre, Polonia: quiere ver las cosas, sentirlas en su propia carne, hablar con los que no tienen voz. Su percepción del periodismo y de las realidades africanas no es la de un reportero de la CNN que sirve de gabinete de prensa de un gobierno y un ejército, que no se aleja de donde le dicen y que come americano y vive asépticamente, sin mezclarse con los lugareños, en los puntos menos conflictivos y más alejados de la realidad que importa.
Prefiere a misioneros, a bayaye, a mendigos, a vendedoras de mercado antes que a embajadores, por ejemplo. Muchas veces viaja solo, todo lo desapercibido que le deja su piel, sin distinciones ni cascos ni chalecos antibalas, dependiendo de la buena fe de otras personas, directito hacia donde le dicen que no vaya y siempre armado con curiosidad y mucha humildad.
Por eso, creo que su testimonio tiene más valor que el de otros autores que jamás pisaron una aldea perdida en el Níger o Mali y que hablan de la realidad geopolítica africana como grandes expertos. O que el de reporteros de guerra profesionales como Arturo Pérez Reverte, que a mí personalmente me cae como una patada en las trompas de Falopio después de leer “Territorio comanche”, con todos sus clichés y su mala baba.
Creo que Kapuscinski tiene razón: los cínicos no son para el oficio del periodismo y hay que ser una buena persona para ser periodista. A pesar de los claros y numerosísimos ejemplos contrarios a estas dos afirmaciones que podemos captar entre los mercenarios de los medios, que no periodistas, cuyas mentiras y manipulaciones resplandecen como vivaces cometas en el cielo informativo.



Amén.
Aunque a Pérez Reverte le medio perdono no de Territorio Comanche (que, personalmente, me decepcionó muchísimo), por historias como las de Cabo Trafalgar, Un día de cólera o, sobre todo, La Reina del Sur. Prefiero separar al escritor del periodista.
Buen fin de semana pre puente.
Gracias y lo mismo para ti. Prepárate, que estamos de ola de calor
Lo cierto es que no he leído más de Pérez Reverte después de “Territorio comanche”. Ni ganas tengo. Le cogí bastante manía: me pareció presuntuoso, cínico, cruel, subidito y misógino. Y eso se me queda en la cabeza incluso frente a Alatriste