Era una ciudad ingrata para las parejas de enamorados, los hombres discretos y las señoritas pocavoz.
El nivel de decibelios de su tráfico convertía las conversaciones privadas en asuntos públicos y el griterío de quienes intentaban hacerse entender por el móvil acallaba el rumor de las ramas de los flamboyanes y el canto de los pocos pájaros que sobrevivieron, con los nervios intactos, a los gases del transporte público.
Hasta el escándalo del embotellamiento perpetuo que la paralizaba quedaba ahogado por las risas forzadas de las adolescentes, coqueteando en grupo en la puerta del colegio.


