Leo el periódico y me enroco un poquito más en mis personales obsesiones: apostatar en cuanto pueda y cocinar al fuego lento de mis neuronas en ebullición lo de la maternidad y hasta el matrimonio civil, laico y en diez minutos, sin pariente desconocido a la vera ni jolgorio postmatrimonial bajo el peso de una faja reductora y quince kilos de encajes y puntillas.
Es lo que provoca el leer a Elvira Lindo y comulgar, punto por punto, con ella. Y tener acceso a las paranoias de la Conferencia Episcopal, con el temible Rouco Varela a la mitrada cabeza. O identificarme con Maruja Torres, Rosa Montero y hasta Carme Chacón y, por extensión, meterme en los zapatos de la Venus de Willendorf, del ídolo de Tara, de todas las maternidades de todas las culturas del Universo y también -últimos en el listado, pero primeros a las puertas del cielo- de los que, cargados con poco más que algo de ropa de abrigo y un millón de esperanzas, se me meten en una patera o un avión o un camión o una ruta de kilómetros a pie por medio mundo para parir una nueva existencia en tierra extraña.
Y es lo que tienen el reloj biológico y 37 febreros en el planeta: que le ponen a una en alerta al escuchar los maullidos de un niño que pide teta, en el patio de Casa África por ejemplo, y la reblandecen como la leche a la oreo al ver a su madre sentarse a darle de mamar en las escaleras forradas de azul. Un gesto simple, enternecedor, cotidiano y hermoso, que me recuerda con una punzada de ternura al Hombre, subido a su andamio mientras pinta un barco en esta resplandeciente jornada.
Estrena trabajo hoy, en el Puerto y algo aliquebrado el ánimo tras la vergüenza del Barça ayer en el Bernabeu. “Tenías que haber estado en el encuentro con Carmen Machi en el Cuyás y dejarte de fútbol”; le espeté ayer, cuando llegué a casa, entre cariñosa y preocupada.
Creo que está de sufrimiento futbolero hasta las cejas, entre el cuarto puesto deshonroso de los Elefantes en la Copa de África, el probable descenso del Valencia y los despropósitos del Barcelona. A todo ese sado catódico se unen la búsqueda de un trabajo estable con contrato, los créditos, su familia en la distancia y la desesperación de siete años sin pisar las calles polvorientas de Divo, entre otras cosas.
Anoche le dije que Diego, sin duda el niño más inteligente y lindo del planeta, me preguntó por él mientras miraba, interrogante, hacia la escalera. Y se le iluminó su cara del color del chocolate con chili, en la oscuridad del salón donde el Barça enterraba una liga para olvidar.
Lo que no le dije es que deseé, por un momento, tener a nuestro propio Diego al lado, para que se le abrazara al muslo de cemento con un “papi” todo amor desinteresado y babas y le hiciera olvidar todas las ofensas de la vida en un segundo.


