Sabía que una vida no era suficiente para disfrutar todas las existencias que envidiaba a otros y que deseaba apurar en sus propias carnes.
Por eso había mañanas en que se disfrazaba de jardinero y se infiltraba en una cuadrilla de empleados municipales para poder regar los laureles de Indias y desmochar palmeras con calma. Otros días, se enfundaba en un mono salpicado de pintura y filosofaba para sí mientras encalaba paredes parsimoniosamente.
Los fines de semana, apostaba por abrillantar los parabrisas de vehículos ajenos con periódicos arrugados o se apropiaba de un niño o un perro que pasear por un parque, si se sentía especialmente solo.
En los días más mágicos del año se autoproclamaba jubilado y se acodaba en una valla de obra, a dejar la vida reptar ante sus ojos entre martillos neumáticos y hormigoneras. Paseaba su falsa artrosis por la playa desierta de madrugada y desmigajaba cajitas enteras de dulces caseros para tórtolas y palomas.
El colmo de su dicha era, sin embargo, una baja por una lesión fingida en un ligamento: cerraba entonces la puerta de su casa con doble vuelta de llave y se metía en la cama con un libro y una taza de chocolate caliente hasta que no le quedaban páginas que devorar ni provisiones en la nevera.



Sabes los “bocadillos” esos que aparecen en los tebeos (sobre todo los de Ibánez en que se ven o leen letras, rayos, truenos, serpientes con sus lenguas bífedas, sapos, lagartos y cosas de esas?
Pues eso es l que estoy escribiendo. Uno matándose a escribir y vas tú y…
Qué bonito piropo, Carlos. Gracias