Era bien conocido por ser un hombre diminuto, con una extraña habilidad para empequeñecer a otros seres humanos.
Mezquino y mentiroso, lograba transmitir sus rencores, como si de enfermedades contagiosas se tratara.
A través de sus pequeños ojos, todo se reducía y mancillaba; el aire se tornaba venenoso en su presencia y a su contacto, los animales huían y las plantas expiraban.
Por él se acuñó la famosa frase: “Lo malo, si breve, mil veces más concentrado y peor“.



Le conozco, le conozco bien.
Lucho contra él todos los días.
Es mi enemigo y quiere aniquilarme.
Todavía algunos días asoma por mis ojos, y ensaya una frase que duela a quien quiero.
Entonces cierro los ojos y sonrío. Digo “te quiero”. Como no lo dije aquel día en que él llegó.