De todas sus muertes pasadas, la más turbadora fue la medieval.
Básicamente, porque nadie explicó a la oronda virgen, antes de perecer entre las fauces del dragón, que el saurio acababa con sus víctimas a lametones.
Y aun menos se le ocurrió a alguien comentarle que la lengua sulfurosa y bífida del monstruo, del color de un atardecer en las aguas del Sena, provocaba unas sensaciones tan angustiosamente placenteras en sus víctimas.


