Al hipocondríaco le bastaba con abrir el periódico por la mañana para enfermar.
En las páginas de internacional, siempre había un brote epidémico que le traspasaba síntomas y malestares, misteriosamente, desde el papel a la sangre. Un día era la gripe aviaria en Oriente. Otro, un repunte de tuberculosis en Rumanía. El tercero, el cólera, haciéndole guiños en una foto de un pueblo arrasado de Birmania.
El hipocondríaco leía sobre las idas y venidas de malaria, dengue o chagas con interés y pavor a partes iguales. Mientras lo hacía, el sudor le perlaba la frente, le subía la temperatura y tosía frenéticamente, hasta que acababa dejando caer el periódico, entre convulsiones, convencido de que había contraído la enfermedad sobre la que se estaba informando.
Sus tardes se le escurrían entre los dedos, postrado en la cama frente a un televisor que escupía virus y las noches, en el centro de medicina tropical de su ciudad.
Así sobrevivió a varias epidemias, trasponiendo la puerta de urgencias cada noche con el nombre del mal que lo aquejaba en la boca y maravillando al galeno de turno con la concreta y exótica miasma que lo poseía.
Hasta que un día fatídico, al abrir el periódico, leyó sobre una enfermedad virulenta, mortal de necesidad, para la que no se habían encontrado todavía ni nombre ni cura.


