En vida, siempre le criticó sus costumbres inalterables.
No podía morderse la lengua si él ponía el despertador a las cinco y se levantaba, con puntualidad prusiana, para leer un par de horas en el salón antes de ir al trabajo. Tampoco aceptaba el rigor con el que se relacionaba con el arte: su abono de todos los sábados en el mismo palco del auditorio y las tres páginas diarias de novela que tecleaba a máquina, ceremoniosamente, cada crepúsculo.
Cuando murió, a ella se le marchitaron las protestas en los labios. Apenas dos semanas después del funeral y a fin de reavivarlas, empezó a poner el despertador a las cinco y a aprender mecanografía y renovó el abono del viejo palco.



entrañable! que sería de nosotros sin aquellas cosas que tanto nos irritan.