Jane Millares Sall es -a día de hoy- una octogenaria de aspecto frágil y sonrisa dulce, con los ojos del color del cielo de mayo sobre los barrancos de Tejeda y la piel pálida, casi transparente. De su juventud le queda una melena que antes era ondulada, larga y rubia, y que ahora es breve y cana, aunque conserva las ondas coquetas y la fuerza.
Vive en Schamann, por encima de la iglesia de los Dolores, desde hace años.
Allí se casó y compartió vida con su gran amor, el periodista Luis Jorge Ramírez. Allí crió a sus cuatro hijos, todos varones y todos relacionados con la palabra, con el arte y con la memoria de las islas. Allí también cuidó hasta el último día a su padre, el intelectual, escritor y sabio Juan Millares Carló. Allí, finalmente, guarda un pedazo de historia y cultura de las islas y acuna la nostalgia por sus seres queridos muertos: por el padre cuyo cráneo moldeó de memoria recién fallecido, por el hermano que no llegó a superar los desastres de la posguerra, por el niño que perdió y que la empujó a llenar sus lienzos con maternidades, con familias, con mujeres que protegen a la infancia.
Jane Millares Sall muestra en muchas de sus creaciones la influencia del paisaje requemado, plano, brutal, de Lanzarote. La isla fue un refugio para su familia, amenazada por el régimen de Franco, en los cuarenta. Su padre, denunciado mezquina y obsesivamente por un cura que se hacía pasar por amigo de la familia, tuvo que dejar su pasión, la enseñanza, y languidecer lejos de las aulas. Dos de sus hermanos, José María y Agustín, pioneros de la poesía social española, estaban amenazados de muerte por su activismo político. Huyeron a la isla de la Montaña de Fuego y la Geria, a un paisaje petrificado en negro y cobre, para evitar desgracias mayores. Entraron en Lanzarote y Lanzarote entró en ellos, como el viento cargado de jable de Famara.
“El viento”, de Jane Millares, parece inspirado en la planicie desgastada por los elementos que es Lanzarote. La pintora muestra a las mujeres del malpaís, de faldas inmensas como velas latinas infladas por el viento, surcando muchos de sus cuadros. Igual que muestra las medias lunas de piedra volcánica de la Geria, las palmeras solitarias, los sombreritos de paja conejeros y las pañoletas cubriendo las cabezas, protegiendo el pelo y la piel del sol y, de nuevo, del viento.
Ese viento, alisio o siroco que también se asoma a sus pinceles, inquieto, amenazador, golfo, desnutrido o turbulento, y que parece arrastrar los colores y modificar las formas, adueñarse del espacio, blanquear los paisajes y minimizarlos y hasta simplificar la vida, mientras sopla ante nuestros ojos.


