Ella metió en sus cuadros pedacitos de Geria: una filigrana de medias lunas de piedra volcánica y una flota de sombreros conejeros. Mujeres de largas faldas negras se apropiaron de las esquinas del lienzo. En el centro siempre crecía una palmera, trabada en combate casi mortal con el viento africano. El siroco barría los colores de su paleta y su pintura: sólo sobrevivían a él muros, mujeres con el pelo tapado con pañuelos y palmeras desmochadas contra un cielo descolorido


