Se cruzó con ella, como cada mañana, a la altura del semáforo en ámbar.
Casi flotaba de puntillas, en el filo de la acera, con la mirada perdida y murmurando algo para sí. Un golpe de viento le reviró la toca gris sobre la cara y el semáforo cambió a rojo.
Se saludaron desde ambas orillas de la carretera.
Ella meditó que quizás no la recordara, que probablemente lo hiciera por inercia. Seguro que por sus manos ahora artríticas habían pasado demasiadas alumnas con los dedos machucados en los agujeritos de la flauta dulce, que había desaprobado demasiados gorgoritos elevándose en la penumbra de la capilla.
- Bruja- susurró detrás de la sonrisa educada y, de repente, decidió seguirla.
La monja cruzó la calle silbando para sí y giró hacia la derecha, con ella detrás rememorando clases de solfeo eternas, terrores al pentagrama.
Se detuvo detrás de ella en el siguiente paso de peatones y se dió cuenta de que los años la habían reducido, trasmutándola en un frágil gnomo vestido de gris, con aspecto casi milenario.
La monja no paraba de canturrear algo, así que ella aguzó el oído.
- Hoy he vuelto, madre, a recordar cuántas veces vine ante tu altar …
Sintió un cosquilleo de rabia en el interior, al tiempo que se acercaban al borde de la acera. Las manos se le escaparon a la espalda tapada con un hábito justo cuando pasaba el camión de Remar.
- Y al mirarte, puedo comprender que una madre no se cansa de esperar … – concluyó, satisfecha, en el revuelo posterior al atropello.



Y yo que pensaba que mis historias eran siniestras. Pero ya veo que se quedan en nada al lado de esto.
Recuerdame que nunca me pare delante de ti en un paso de peatones. Por si acaso.
Me ha gustao “mucho”.
Gracias y gracias por el correo electrónico. Estoy un poquito saturada de trabajo y de todo.
Hoy me crucé con la musa de este cuento, sor Sasita … bruja
Dios mio! porque el color del hábito no es el mismo que si no pensaría que hablabas de Sor Susana.
Si te digo que la única que me quedó en octavo en Junio fue Musica-flauta te puedes imaginar cuántas veces me imaginé conduciendo ese camión como una loca.
Ja ja ja que bueno
Sor Sasita era única: pensaba que todos nacíamos con una maldita flauta dulce en las manos y dominando el solfeo. No entendía que llegué en sexto, de un colegio público, y que NO TENÍAMOS MÚSICA.
Sí que me cruzo con ella por las mañanas y sí que imagino que la empujo bajo un camión
TODO el mundo, absolutamente todo el mundo, ha aprendido a tocar aunque sea Noche de Paz con la flauta dulce esa. Todo el mundo menos una servidora. Ese es mi pony…
Por lo demás ¡qué gore, la historia! Me encanta
La canción de la alegría en mi caso …
Es que la religión me inspira
¡Que a gusto me quedé!
Y eso que yo fuí a un colegio público, pero también recuerdo la dichosa flautita de los eggs…
¡Pero que a gusto! Como si lo hubiera hecho yo.
Gracias por conseguir que nos hayamos desecho de pesadillas infantiles.
Lo siguiente, los juguetes que te miran con ojos acusadores. El comienzo del síndrome de Diógenes
Gracias a ti.