Falto de valor pero determinado, decidió matarse un poco cada día.
Una mañana se cortaba un dedo con una lata de atún. Otra, fingía un tropiezo y se lanzaba por una escalera mediana. La tercera, se dejaba tocar por un coche que circulara demasiado rápido, en una de esas callejuelas estrechas del puerto tan propicias al accidente.
Los años pasaban, marcados con cardenales, amputaciones, fracturas y otras miserias.
Su voluntad suicida le empujaba con resolución, pero se encontró con un obstáculo inesperado, efecto secundario de tanta convalecencia larga. Las estancias en el hospital se solaparon dulcemente, enseñándole a apreciar los momentos de salud y, en última instancia, a aferrarse a la vida.
Su vocación, sin embargo, no se dió por aludida: el día en que se decidió a abandonar la carrera de suicida, presa de la euforia, olvidó comprobar que el camión que se le acercaba por la derecha se detenía efectivamente en el semáforo rojo.



Ja, ja, ja… ¡que bueno! Como la vida misma. Te pegas años pensando que tienes que dejar de fumar y cuando lo consigues se te cae un balcón encima que te manda al cementerio. Si es que…
Como dicen los viejitos, no somos nadie
Y nosotros proponemos y la vida dispone de nosotros como le parece