Tenía un serio defecto genético: una sonrisa y un saludo amistoso eran su respuesta automática al reconocer una cara.
Hasta un atardecer en el que paseaba por la playa y se cruzó con un rostro familiar.
Como siempre, le dedicó un gesto afectuoso y un “hola” efusivo que el otro se tomó con sorpresa indisimulada. Cuatro pasos más adelante, se dio cuenta de que acababa de saludar al cliente más cerril del pub de moda en el que trabajaba.
Su memoria desempolvó sus modos desabridos, sus insultos en gaélico, la mirada insolente de la noche anterior, cuando exigía su abrigo entre imprecaciones.
La camarera cambió su ruta y se dirigió decidida hacia él, dispuesta a solventar su defecto genético con patadas pavlovianas.


