El solajero dora a los habituales de las terrazas a lo largo y ancho de la avenida, en Las Canteras. El mar también se transforma en chorro líquido dorado, revoltura azulona y lapo de espuma. Los surferos, como corchos, flotan en la marea. El auditorio se incendia en otra bonita puesta de sol del verano.
El Hombre y yo acabamos de regresar de la terraza del Mozart, de disfrutar de un ratito con Alberto, hablando del pasado, del presente y del futuro. De las ratas a la orilla del Tíber y de su nueva aventura laboral, de mis ganas de que el Hombre deje de arrastrarse por las tripas de los barcos a punto de tontura, de José Antonio Ramos y de Hiram Bullock, de ver la nueva de Pixar juntos, del carnet de conducir y la Escuela Oficial de Idiomas, …
La última imagen de la velada, al bajar del coche nuevo de Al, fue la del Hombre en una clase de natación, poniendo al borde de un infarto a las madres de los niños presentes, desnaturalizadas y vencidas por la lujuria sobre los azulejos clorados y resbaladizos de Las Rehoyas. Lo que me deja pensando que debería ser yo la que lo pusiera a flotar en una charca del Confital, antes de que alguna loba pretexte primeros auxilios para llenarle la boca con su lengua en una piscina pública.
El verano está lleno de peligros insospechados.


