El serenatero gustaba de enseñar equilibrios a las cabras.
Les ceñía diminutos tutús cargados de purpurina en torno al cuello y les obligaba a encaramarse sobre un fino hilo de seda mientras soplaba su flauta de caña. Ellas triscaban de puntillas sobre el simulacro de soga, ensayaban milongas en pareja y hasta ejercían de adobe en torres caprinas de varios pisos.
Hasta que un día se hartaron de sus caprichos artísticos y le convocaron a un último ensayo.
Desgraciadamente, el serenatero ignoraba que sus pupilas también bordaban un número con el lanzador de cuchillos.


