Cuando el alcalde se acercó al cañón, supimos que deberíamos convocar elecciones.
Él respondía al nombre de Nemesio y era un tipo atravesado, de mirada ofidia, que presumía de alma rencorosa. Nemesio inventariaba, implacable, todos los agravios de los vecinos y guardaba, en lo más negro de su corazón oscuro, un lugar especial para los desplantes de sus rivales políticos.
Precisamente por eso, la oposición se alineaba, en pleno, frente a la boca del artefacto de guerra, con las espaldas pegadas a un muro encalado para la ocasión. Incrédulos, observaban cómo Nemesio acercaba la ceniza candente de su puro a la mecha del cañón.
Les salvó el que la Muerte fuera una feroz antitabaquista.
Airada, se reviró ante los designios de Nemesio cuando sintió el aroma del habano y reventó las manos del edil, amarillas de nicotina, con la explosión suicida del culo del arma.
Sobre el cadáver desmembrado del alcalde flotaron, a modo de mortaja, pedacitos de selva cubana y una rociada de pólvora vieja.



veo que te gustan también los finales tenebrosos como a mí
“pedacitos de selva cubana” XDDDD