Cuando el alcalde se acercó al cañón, supimos que deberíamos convocar elecciones.
Le vimos posar los dedos en el borde de la negra boca del arma y comprendimos que ponderaba sus problemas, silbando por lo bajo. Comprobamos que ensombrecían su mirada la encuesta judicial, el acoso periodístico, la fuga de su mujer con el concejal de deportes y todas las miserias sufridas en los últimos meses.
El alcalde se ajustó los tirantes con parsimonia y mascó su bigote encanecido antes de hinchar pecho y dar la espalda al cañón centenario. Le recibieron los flashes de media docena de paparazzo y los peores improperios de oposición y vecinos.
La inauguración de aquel baluarte moro en la playa, flamante tras su restauración, fue su última aparición pública. A la mañana siguiente, se esfumó repentina y definitivamente.
Su ex sospechó siempre que los pensamientos suicidas le asaltaron a la vera de aquel reluciente tubo de bronce viejo. Así se encargó de airearlo, disfrazada de luto, por la mitad de los estudios de televisión del planeta.
Unos pocos comprendimos que había escapado del país en plena noche. Lo delataron unos jirones de ropa prendidos a una almena y una línea de pólvora roja cruzando el Estrecho poco después del ocaso.



También me gusta mucho. Eso de las desapariciones “sin dejar rastro” son muchas veces una buena solución, tal vez mejor que el punto final.
Me ha hecho gracia lo del concejal de deportes.
Gracias por la visita!!!!
¡Qué gusto conocer otra periodista a la que también le gustan los microrrelatos! Me ha encantado tu blog. Te invito a participar en el mío si te da la gana… Besos y sigue así…
Miriam
Gracias a ti, Neralo, por los comentarios y la visita. Y encantada, Miriam. Vuelve cuando quieras