Esta mañana me saqué a rastras de la cama más temprano que de costumbre para plantarme en Farray a primerísima hora. Duchada, desayunada y con los párpados pegados, me personé en la secretaría buscando al profesor de la Escuela Oficial de Idiomas que me endilgaron por la mañana, en un horario claramente incompatible con mi trabajo y mi vida en general. Asalté a mi teórico profesor de francés -un ser humano encantador, una pena- cuando soplaba sobre una taza de café cargadito y caliente en un bochinche de la zona y le expliqué mi problema. Afirmó que me ayudaría de mil amores, pero que para eso yo debería encontrar un alumno del horario nocturno que se cambiara conmigo o un profesor del horario nocturno que me aceptara. También me confesó que no había todavía profesor en el único turno en el que puedo estar y cuyas clases comienzan mañana, martes.
Lo mío con ese lugar empieza a ser un odio irracional, salvaje, definitivo. No he visto mayor falta de organización ni mayor falta de respeto por el alumnado en ningún otro centro oficial. De momento. La rabia me come. Creo que acabaré dejando mi plaza y que volveré al redil de la Alianza Francesa, una institución mucho más seria, aunque me desperre en el intento.



Que tensión…. ¿cómo habrá acabado la historia?
Eso, ¡queremos saber!