Tras disfrutar de una charla del antropólogo Joan Riera sobre el animismo africano y las culturas en resistencia, comprendo que también soy animista.
Creo que las cosas, igual que los animales y las plantas, tienen alma. Opino que las amigas clorofílicas me tienen alergia, que somos incompatibles, quizás porque hablo más con mi ordenador que con sus hojas, espinas o capullos marchitos. Me dan pena los ojos tristes de los perros y miedo los inquisitivos de los gatos. Todavía siento remordimientos por la muerte de un palmero rabón y de un roble recién nacido y tengo pesadillas con la caída de dos pisos de uno de mis galápagos.
Clamo que hasta pido disculpas al coche cuando le rozo y pego, como un niño chico, a los muebles a los que pateo con los pies descalzos.
Ese guiri entrañable y apasionado que es Joan Riera sugirió que abandonara a Marc cuando se enteró de que no era animista. Y hasta yo lo vi poco interesante a través de sus ojos.
Creo que le propondré que se me tatue a lo tradicional y empiece a dialogar con el mosquito que nos acribilla cada noche y la araña que nos espía desde la esquina del salón. O eso, o pido plaza con Joan Riera y me busco un artesano senufo escarificado hasta en el coxis y cambio hipoteca por una bonita choza en Korhogo, a la orilla de un puente confeccionado con lianas secas.



¿Las hipotecas también tienen alma????? ahora entiendo por qué nos la consumen!!!! se la quedan ellas, las muy truhanes!!!.
Uy, dejo de escribir que el teclado también tiene alma y se me cabreará!!!!
dejo de hacer coña. En nuestro mundo moderno, cualquier cosa que se salga un poco de la razón (aunque muchas veces utilizamos la sinrazón) la despreciamos, cuando son teorías, son ideas ancestrales que a buen seguro nos pueden enseñar cosas tan importantes como quienes somos y en qué entorno nos encontramos.
Exactamente. Y te habla una descreída, pero quizás es hora de hacerle un poquito de hueco a la magia