Dos breves apuntes culturales antes de lanzarme en plancha a por mi sofá color picota rozagante.
Aviso que tengo sueño, hambre, empacho de Moratinos y una red de contracturas y nudos trepándome desde las blandas nalgas hasta los tiernos lóbulos de las orejas. También tengo unas verduras a la sal, rociadas con aceite de oliva virgen, calentándose en el horno. Tengo un bonito libro que empezar, con vistas a una reseña y firmado por Judith Bosch Molina en persona. Tengo un marido que vuelve del puerto con hambre también y con pintura hasta en el tuétano del coxis.
Y tengo, finalmente, que clamar que Teolinda Gersao es una escritora maravillosa, que me encanta su libro El árbol de las palabras, que llevo un par de semanas de vuelta en Mozambique y que tomaría un vuelo a Maputo con lo puesto y una sonrisa del tamaño del Canal que separa ese lindo país de la fascinante isla de Madagascar.
Por su parte, El árbol de las palabras tiene unas descripciones precisas y poéticas, un ritmo pausado, delicioso, y unas imágenes muy hermosas. Habla de la vida en Mozambique cuando era colonia portuguesa, Lourenço Marques, y contrapone el calor, la vida, la sabiduría, el mar, los colores, el sexo y hasta la magia turbadora, la pobreza y el racismo a la grisura triste de Lisboa, de una metrópoli bajo la dictadura doble de un gobierno despótico y una moral pacata, absurda. Y que Mozambique siempre gana.
También repito mi comentario a Yeya sobre dos de mis anticristos personales: el Carita de Guanche y el Pequeño Cruise. Me gustaron en Quemar después de leer y Tropic Thunder respectivamente. Sobre todo, porque no van de protagonistas absolutos y porque no parecen ellos: se alejan totalmente de las boberías que han perpetrado con frecuencia cuando van de divos o sex symbols. Muy graciosos los dos, reconciliantes.
Finalmente, que acabo de adquirir un bonito libro de Lonely Planet sobre África que me va a destrozar la existencia, seguro, con deseos incompatibles con mi realidad, marcada por una hipoteca y una crisis. Y Ramata, una novela negra senegalesa, que pienso disfrutar tanto como Little Senegal, preciosa película también a medio camino entre Senegal y Nueva York, que nos gozamos Marc y yo la semana pasada.
El microrrelato sigue sancochándose en sus propios fluidos mientras dormito al borde de este teclado. Llegará, espero.


