La serpiente me quedó más gorda de lo previsto, aunque la dibujé con parsimonia, dormida en zigzag bajo el solajero del trópico.
En aquellos días leía El Principito y hacía mis primeros pinitos en clase con las ceras. Pinté su contorno de azul, la llené de escamas en forma de corazón y le puse los ojos de color violeta, como los de mi profesor de música.
Al observarla con ojo crítico, alejándome de ella, descubrí la suave prominencia de su tripa dorada.
“Un elefante“, resolví, orgulloso.
La llevé a la escuela a la mañana siguiente y la planté sobre la mesa del profesor de música, señalando con un dedo color café la curva enorme que surgía, como una extraña giba, en la espalda de mi mascota.
“Ahí dentro viaja un niño que, para aliviar su aburrimiento, toca la kora“, me explicó él y puso su mano traslúcida sobre mi mano negra.



Mucho mejor que los que fueron publicados, en mi opinión.
He dicho.
Te pierde el cariño, reina de lo microscópico. Muaca y gracias.
Este es primer amor yo tengo una linda historia de mi primer amor.