Ahora sólo se alimenta de ricachones.
Explica a quien quiere oír su ronroneo goloso que tienen la carne más tierna, más sabrosa. También afirma, orgullosa, que ha dejado de correr tras los parias que se hacinan en las afueras de los poblados, tras los aguadores niños, tras los viejitos cartilaginosos.
Todos la observamos mientras espía las caravanas desde un recodo del camino. Y la admiramos cuando arrebata a un marajá de su catafalco resplandeciente de pedrería, bamboleándose sobre los lomos de un elefante. Es rápida y certera y hermosa como una cenefa de color ocre y negro.
Con un movimiento poderoso de sus zarpas, extrae al ricachón de turno del capullo de sedas y joyas en que se envuelve. En dos zancadas, se sumerge con él en las sombras del bosque y allí lo devora lentamente, entre lametones amorosos, al borde del río.
Cada día es más bella, más poderosa. Nadie diría al verla que ha contraído una fatal diabetes.


