A Carola le gustaba pensar poco y pintar sus largas pestañas con rimmel turquesa.
A eso se dedicaba precisamente aquella mañana, sentada en el bar, con sus codos perfectos apoyados en la barra. Así la encontré, ignorando a su único cliente matutino y arrugando ligeramente la nariz al observar su reflejo en una bandeja pringosa.
La saludé sin ceremonias, antes de tirarle la cinta de vídeo al regazo.
- Tenías razón, te engaña- le solté a bocajarro.
A Carola se le encendió la mirada, como a uno de esos toros heridos de muerte que he visto agonizar, tantas veces, en las tardes de primavera de la Maestranza.
- Mátalo- me ordenó, tendiéndome un puñalito que escondía tras la barra, más apropiado para dar la puntilla a una triste vaquilla que para perpetrar un asesinato.
El cliente madrugador se había dormido sobre los restos de su fino, así que sacudí la cabeza, mientras despanzurraba la cinta y enrollaba la película entre mis pulgares.
Al mirar a Carola por última vez, me pareció verle la cornamenta, regia, surgiendo sobre los ojos bovinos y aquella peineta de concha anticuada.
- Él me dijo exactamente lo mismo.


