Lo conocí en la redacción de una televisión local de tercera y nos unió una complicidad maligna, frente al tercer café de la mañana, por culpa de un dequeísmo. Nos terminaron de juntar los horarios absurdos, las frustraciones comunes y esa endogamia propia de club de periodistas de medio pelo en provincias.
Lo cierto es que sólo él aceptaba mi pretexto de tomar copas con contactos hasta altas horas de madrugada. Y sólo yo podía soportar sus fobias, sus bravuconadas, sus crisis y sus renuncias.
Un día salí de aquel infierno nimio: acepté un puesto en la televisión nacional y perdí de vista aquella ciudad diminuta que se miraba al ombligo. También a él, enganchado a su pipa y a su viejo gabán de lana que le superaba en tres tallas.
No le eché de menos hasta que apareció aquel empresario ruso que quiso montarme mi propia cadena.
Antes de casarme con mi príncipe, como yo le llamé desde el primer día, reuní el valor necesario para telefonear al cuchitril que llamábamos redacción en aquellos tiempos prehistóricos. Sin embargo, no tuve fuerzas para esperar su voz rasposa, doliente, al otro lado de la línea telefónica.
Me retiré tras una sola temporada como estrella de mi propio show, hecho a mi medida para justificar la empresa televisiva de mi marido. Él siempre está atento a mis deseos y complace todos mis caprichos con puntualidad, así que aceptó mi renuncia sin necesidad de explicaciones.
Ahora paso las mañanas frente al televisor, en silencio, viéndole recitar titulares con aire cansado y espiando los cambios en sus ojeras, sus canas o incluso el viejo gabán, que claudicó recientemente en favor de una americana a cuadros, con aire de regalo de mujer solícita pero sin gusto ni dinero.
Muy bueno!
Gracias
Sois terribles cuando os acercáis a la cuarentena.
No sé si felicitarte a ti por el relato o felicitar a la protagonista.