Me enerva la costumbre que tiene mi vecina, de salir puntual y mecánicamente al jardín todas las tardes de verano, exactamente a las seis, bajo la caricia indolente de la calima y el rumor marítimo de las hojas de olivo.
Extiende una fina manta en mitad del parterre de geranios y extrae de una bolsa una merienda desconcertante que me llega en retazos de olores extraños y hasta creo que de sabores que se me antojan lejanos y de caracteres que no comprendo, impresos sobre paquetes y latas.
- Maldita extranjera, que no puede adaptarse a nuestras costumbres. Es la hora de la siesta -chirrio tras las persianas.
- Deja a la sueca -me dice siempre mi marido, antes de unir animosidad y lástima en otra frase- Veinte años aquí y sigue amarrada al arenque y la ginebra.