Él, lleno de ardor y desprecio, pensaba en el final.
Después de todo, estaba allí para hundirse en las cascadas de purpurina de su escote, para deslizar los dedos en los huecos de sus medias de red. Su vida adquiría un sentido con el simple acto de percibir los cambios en el frufrú de sus volantes.
Recordó que ella le decepcionó desde el primer momento: que encontraba consuelo en otros brazos más fuertes, que le volvió loco de celos entre brincos desmadejados.
Un buen día se calmó, porque había tomado una decisión definitiva: reventaría, de manera inapelable, el número de su comparsa. Esa noche, él sería la reina.


