Un tercer ojo me crece en el vientre, estupefacto. Por él, Miguel podría mirar al exterior, si sus ojitos funcionaran correctamente y mi piel fuera más fina, casi traslúcida.
En el tendedero, trabado a una liña con sus tirantes, se regodea bajo el solajero mi bañador premamá nuevo. Ése que me convierte en una enorme boya de color turquesa, flotando torpemente en las aguas revueltas de la piscina de Las Rehoyas. Los pechos, cada vez más díscolos (y grandes), pugnan por salirse del escote demasiado abierto. El simpático monitor nos fustiga, exigiendo largos de crol y espalda dignos de un Phelps para arriba.
Hoy quisiera visitar el CAAM, anegado por la marea migratoria de elojodearena, pero dudo que sea persona después de una sesión de matronatación de esta tarde. También quiero terminarme el sórdido, duro, repugnante a veces a la par que adictivo y desasosegante Déjame entrar. Aunque me esté poniendo mala cuando lo cato y me enturbie los sueños.
Después te prometo, Miguel, que sólo veremos comedias y leeremos cosas alegres y ligeras. No más contagios.


