Todo fumador debería portar un ecolocalizador que le permitiera detectar la presencia de una mujer embarazada a una distancia mínima de unos 3 kilómetros y que le impeliera, de manera taxativa, a apagarse el cigarro en el propio globo ocular, si fuera necesario y a falta de cenicero en las cercanías.
Por desgracia, suele suceder lo contrario: todo fumador porta un ecolocalizador que detecta la susodicha presencia cuando restan apenas 60 segundos para la colisión con ella y aprovecha ese minutito para enceder el pitillo y/o fumarlo con fruición, a fin de poder enviar una hermosa nube de humo tóxico a la cara de la preñada en cuestión en cuanto se roza con ella.
Maldita ley de Murphy.


