Y no hay ni una nube en este cielo de color celeste desvaído. O por lo menos, en el cachito que se aprecia desde la ventana por la que entran los gorjeos y los gruñidos de los coches y los frenazos y el sobresalto de las motos petardeando Don Pío Coronado abajo.
Mi espalda toda es un dolor, con tanta siesta intermitente y tanto alzamiento de niño en la oscuridad y esos intentos de mantener los ojos abiertos para asegurarme de que come bien. De que no quedo con el pecho helado al aire y el niño arrumbado en una esquina de la cama, los dos catalépticos en la madrugada.
Tras el cachito de queque con leche de por la mañana y mientras Marc corretea por el parque, pienso en volver a Etiquetas, de Evelyn Waugh, o en terminarme El Imperio de Kapuscinski. Sin embargo, reconozco que lo más probable es que acabe leyendo cachitos de La maravillosa medicina de Jorge, de Roald Dahl, a un Miguel que me mira con incomprensión mezclada con pánico.
Siguen sin tocarnos la lotería ni la quiniela, así que preveo que la vida seguirá siendo un buche y que la envidia al sistema sueco, con ese añito de baja maternal, seguirá despuntando cada vez que piense en el regreso al trabajo, en apartarme de Miguel y dejarlo en manos de sus abuelos. Los que amenazan con bautizarlo o subirlo una semana a Tejeda sin permiso.
Bostezo. Creo que hasta la tarde no seré persona ni podré resistir la lectura de tres palabras seguidas. Vuelvo a la cama.


