Era sólo un niño de siete años, pero estudiaba a la parejita con ojos de científico. Me ilusionaba observar cómo se redondeaba la tripa de ella, los progresos de la maternidad.
Por eso les espiaba cuando dormían la siesta a la sombra de la buganvilla del patio y aguzaba el oído por la noche e imaginaba una prole amplia, regordeta, berreante.
Una mañana de marzo, un compañero de clase me explicó que la “reproducción era imposible”.
Desencantado, ordené a mi madre que preparara mi salsa de dátiles preferida para cocinar a mis dos blancas cobayas macho.


