A Dalila le hartaron las peticiones de los filisteos.
Fingió aceptar su último encargo: rapar al defensa del equipo contrario, un tal Sansón, con una melena rizada derramándosele sobre los ojos azulones, la anchura de un ropero y la textura de un tanque.
La contrataron para la final de la Liga, colmándola de piezas de oro.
Ella apenas le retocó el flequillo e invirtió su paga en una apuesta y una bufanda del equipo judío.


