Los rebeldes cruzaron el país velozmente.
Las selvas rumorosas, las plantaciones de cacao y caucho, los ríos que rebosan siempre peces y piraguas, los cafetales, la reservas donde acabaron con los pocos elefantes que sobrevivieron a las epidemias, las otras guerras, las sequías y los harmatanes. Degollaron a pueblos enteros, quemaron a familias vivas dentro de sus cabañas de adobe, violaron a todas las mujeres con las que se cruzaron, destriparon niños y soldados. Los rumores se adelantaban a ellos, viajando en nubes y pájaros, para sembrar el miedo entre los aldeanos a los que se acercaban.Los que se cruzaban con ellos y escapaban vivos contaban que en sus ojos enfebrecidos se leía el hambre de mar. No cesaban de hablar de ocupar la capital y las playas del Sur, los puertos donde se acumulan los petroleros y las sacas de cocos y grano de café y los manglares que se arriman a las viejas fortalezas coloniales.
Llegaron a la capital de noche y se desprendieron de la oscuridad al llegar a las puertas de su bidonville más pobre. Sus figuras se dibujaron con el humo de las hogueras que se desplegaban, como un fuego de artificio, en las tinieblas. Eligieron bien la brecha por la que colarse en la ciudad: una ladera donde los inmigrantes se hacinaban sin luz, ni agua, ni poco más que un techo de hojalata y cuatro ramas por paredes.
Allí los recibieron como a héroes.La ciudad se colmó de presagios y señales. Las estatuas de la catedral católica lloraron sangre, las estrellas fugaces emprendieron un furioso combate y corazones desgarrados se dibujaron en la superficie de la sauce graine que borboteaba en los calderos de más de doscientos hogares.
La guerra
octubre 2, 2011 por Ángeles Jurado