Escuché su voz como llegando de otra vida, profunda y socarrona y dulce. Me invitó a pasear por la playa aquella misma noche y no pude encontrar excusas convincentes. Cuando nos vimos, en un bar irlandés de la zona portuaria, me abrazó con todo el cuerpo durante unos minutos que me parecieron, a un tiempo, infinitos y nada. Me sentí sargazo atribulado por la marea hasta que me robó un beso, a medio camino entre las mejillas, con determinación y ternura. Me amordazó con su boca para que no pudiera ni supiera protestar.
A continuación me agarró la mano con la que intentaba separarme de él y a partir de ahí dejé de ser yo sola para convertirme en otra cosa.


